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Parada de guaguas

A la hora de escribir

¿Qué puedo decir? He olvidado una encuesta que hice en mi página de Facebook que tenía que ver con qué hacer a la hora de escribir

Nombre a la hora de escribir

Se trata de una simple curiosidad ¿Cómo prefieren escribir quienes lo hacen tanto en forma creativa o por trabajo, estudio o simple gusto? ¿Prefieren el silencio o la música? No me sorprendió el resultado:

En mi caso, la música es importante, pero a veces buscó el silencio, es decir, pocas veces.

En la encuesta no especifiqué si la música incluye voz o no. Otra vez me pongo como ejemplo al confesar que prefiero la música instrumental.

Página de título a la hora de escribir

Esto me llevó a pensar en el mejor lugar de la casa a la hora de escribir.

Escucho o leo con frecuencia la recomendación de seleccionar un lugar específico donde escribir siempre. El mío, en estos momentos, es el escritorio de mi oficina, una habitación convertida en oficina, biblioteca y cuarto de manualidades. De vez en cuando salgo al balcón o a la terraza, pero no es la norma desde que me tratan con quimioterapia.

Mujer lee _Ojos llenos de arena_

Si junto encuesta y lista puedo concluir que a la hora de escribir es bueno hacerlo en un mismo lugar, donde suene la música.

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Estercolero o el deber del escritor con la obra publicada

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 Ficha de Estercolero de José Elías Levis Bernard (1901)

A principios de año leí las novelas de José Elías Levis Bernard, El estercolero y Estercolero. No nos confundamos, son dos novelas distintas y su lectura me ha llevado a cuestionar el deber de quien escribe una obra, una vez se publica.

Resulta que Levis Bernard publica El estercolero en el 1899, par de años más tarde, en 1901, publica Estercolero, una reescritura de la novela anterior. En realidad, se trata de dos novelas diferentes que comparten algunos personajes y pocos episodios.

Pregunta seria

Una vez publicada una obra, ¿tiene derecho quien la escribió a hacerle cambios? Sí. ¿Debe hacerlos? En mi opinión, no.

Quienes estudiamos la literatura sabemos las dificultades que traen consigo las distintas versiones de un mismo texto. Si se trabaja en una edición crítica es todavía peor, porque se aspira a una versión definitiva y si el autor no sabe cuál es, menos lo sabrá el crítico.

Pero no pienso en los especialistas, pienso en el lector de a pie. ¿Para qué leer diferentes versiones de un mismo texto? ¿Qué culpa tiene de que el autor se haya apresurado a publicar cuando la obra no estaba lista?

Para mí, es una cuestión de cortesía con quien lee. ¿Para qué complicarle la vida? Una vez se publicó algo, dejémoslo así. Eso no significa que no se haga correcciones ortográficas o gramaticales. Me refiero a cambios que alteran la interpretación del texto como nombres de personajes, episodios, situaciones o peripecias.

En serio, ¿para qué cambiar un texto ya publicado cuando se puede trabajar en uno nuevo? Así ganamos todos: quien escribe tiene más obras a su nombre, quien lee solo lee una vez, y quien estudia se evita varios dolores de cabeza.

De este modo, se puede evitar el lío que creó José Elías Levis Bernard con El estercolero y Estercolero que pareciera ser la misma novela, pero se trata de dos textos distintos.

Entre la ficción histórica y la ciencia ficción

¿Qué ocurriría si quien escribe no tiene opción? Esa es la premisa de una encuesta que publiqué en la página de Facebook hace casi dos meses: Si tuvieran que escoger entre la ficción histórica y la ciencia ficción, ¿cuál sería?

Por suerte, quienes escribimos tenemos opciones, pero me provoca curiosidad saber qué ocurriría si no. Para la encuesta seleccioné la ficción histórica y la ciencia ficción porque me parecen opuestos perfectos.

La ficción histórica implica ubicar la trama en algún momento histórico específico, haciendo que los personajes se ajusten a la realidad histórica ya sea porque representan a los actores reales del suceso o porque son personas anónimas que se ven afectados por el suceso. La ficción histórica implica investigación de parte de quien la escriba no solo para ajustarse a la situación histórica, sino para reproducir formas de hablar, costumbres, alimentos que correspondan a la época y el texto no resulte anacrónico.

En este subgénero la novela es muy popular y algunos ejemplos son Isla cerrera de Manuel Meléndez Ballester, Nuestra señora de la noche de Mayra Santos-Febres, El nombre de la rosa de Umberto Eco, La catedral del mar de Ildefonso Falcones, Guerra y paz de León Tolstói y Retrato en Sepia de Isabel Allende.

La ciencia ficción se relaciona con el futuro y como este no ha ocurrido, quien escribe puede especular lo que estime necesario. Tradicionalmente, los temas que se tratan se relacionan con el presente de la redacción: sucesos históricos, preocupaciones de quien escribe, problemas sociales, etc.

Algunas novelas destacadas son El visitante de las estrellas de Pabsi Livmar, Esa antigua tristeza de José Borges, Los desposeídos de Ursula K. Le Guin, La isla del doctor Moreau de H. G. Wells, El cuento de la criada de Margaret Atwood, Dune de Frank Herbert, Fahrenheit 451 de Ray Bradbury y Parable of the Sower de Octavia E. Butler.

El 95 % de las personas que contestaron la encuesta preferiría escribir ficción histórica. Sin duda el subgénero tiene mayores seguidores que la ciencia ficción y no sabría explicar por qué, salvo especula que se relaciona con lo problemático de la realidad histórica puertorriqueña.

Para mí fue una sorpresa porque prefiero escribir ciencia ficción y, por alguna razón, pensé que le ocurría lo mismo a la mayoría de las personas que escriben. En Ojos llenos de arena, incluí tres cuentos de ciencia ficción especulativa, “Abominación”, “Aurora” y “Ojos llenos de arena”, y dos de ficción histórica, “Lolitas” y “El camino al infierno está lleno de buenas intenciones”, aunque este último no se escribió con la intención de que fuera ficción histórica.

Hay veces que los resultados de estas encuestas me sorprenden. Ese es el caso con esta en la que había que escoger entre escribir ficción histórica o ciencia ficción. Es posible que lo mismo ocurra a la hora de leer, pero para averiguarlo no vendría mal realizar otra encuesta.

Una mariposa para las mariposas

Ahora que no estoy trabajando han surgido oportunidades a las que antes me hubiera tenido que negar. Por ejemplo, fui facilitadora en la discusión de un par de novelas de Julia Álvarez para el NEA Big Read de la Universidad Ana G. Méndez, recinto de Gurabo.

Las mariposas

Libros de Julia Álvarez

Las novelas seleccionadas fueron En el tiempo de las mariposas (traducción de Rolando Costa Picazo y Antonio Alfau. Plume, 2005) para estudiantes de escuela superior y Antes de ser libres (traducción de Liliana Valenzuela. Ember, 2018) para la escuela intermedia.

Mi función consistía en dirigir la discusión en grupos de estudiantes seleccionados en cada escuela y un club de lectura de una biblioteca municipal. La experiencia fue insuperable. No solo los participantes habían leído el texto, sino que se habían empapado del contexto histórico. Por otro lado, en algunos grupos la discusión se enriqueció con estudiantes dominicanos o sus descendientes.

En la discusión de En el tiempo de las mariposas
De vuelta al salón de clases

De la experiencia, también me llevo el volver al salón de clases, así sea por una hora. Insisto en lo mucho que me gusta el salón de clases.

La mariposa que faltaba

En honor a las hermanas Mirabal, decidí llevar un accesorio en la forma de una mariposa para cada encuentro. Ya tenía un collar, dos prendedores y un traje con diseños de mariposas diminutas. Me faltaba algo para la última sesión y decidí hacerlo yo misma.

Eché mano de mis conocimientos en bordado en punto de cruz. Seleccioné un patrón del confiable libro 500 Flower & Animal Designs, de Julie Hasler (David & Charles, 1996). Bordé una de las mariposas que aparecen en la página 82 en unos colores bastante parecidos a los sugeridos. Al terminar, convertí la labor en un prendedor.

Una mariposa para las mariposas

Una de las satisfacciones más grandes fue descubrir que los estudiantes de nivel intermedio se interesaron en leer la novela de superior. En Antes de ser libres la referencia a las hermanas Mirabal ocurre al principio, pero el descubrimiento de unos sucesos históricos que les conciernen fue suficiente para que estos jóvenes lectores se interesaran en leer un libro más complejo.

Con esto se logró el propósito del NEA Big Read y yo tengo una mariposa.

Actividad de clausura del NEA Big Read
En la actividad de clausura del NEA Big Read en la Universidad Ana G. Méndez, recinto de Gurabo
Ficha de la novela El Jarama

El Jarama, de Rafael Sánchez Ferlioso

A principios de mes murió Rafael Sánchez Ferlioso. El primer libro que leí este año su novela, El Jarama. Desde entonces he vacilado en si escribir o no una reseña del libro. Creo que las circunstancias lo ameritan.

La novela narra lo ocurrido un domingo cualquiera a orillas del río Jarama. Comienza temprano en la mañana cuando acaba de abrir una taberna y termina cuando esta cierra en la noche. Eso no significa que la trama se lleve a cabo ahí. Otros espacios incluyen la orilla del río, el camino a Vallecas, otra taberna, etc.

Asimismo, los personajes son muchos: el tabernero, su esposa e hija, el novio, los parroquianos, los jóvenes madrileños, los amigos con los que se encuentran luego, el taxista y su familia que incluye a sus hijos, hermano y cuñada, los guardias civiles, los jóvenes de otro grupo, la dueña de la otra taberna y su familia. Son tantos que es fácil perderse. De hecho, hay un intento de caracterizar cada personaje, pero no tiene éxito.

Destaca del texto que inicia y termina con una cita no marcada que el autor aclara en una nota a la sexta edición. Se trata de una descripción del río de un texto Casiano de Prado, publicado en 1964.

Con lo dicho hasta ahora, podría pensarse que no vale la pena leer la novela y, sin embargo, la lectura es valiosísima.

La importancia de la novela radica en su cotidianidad. Sánchez Ferlioso capta la manera de hablar del madrileño de mediado de los 50, sus preocupaciones y aquello de lo que no quiere hablar. Es consciente de la existencia de una brecha generacional y la presenta sin problemas.

Otro de sus aciertos es que no minimiza la muerte ocurrida hacia el final del día de descanso, es decir, de la novela. Tampoco se regodea en ella. La trata con respeto, dentro de la misma cotidianidad que mueve el resto del texto.

El Jarama, de Rafael Sánchez Ferlioso, es una lectura que nos adentra a la España de mediados de los 50, en pleno periodo de posguerra. Su valor radica en que nos atrapa precisamente por presentar la trama por medio de diálogos, no siempre fáciles de seguir, pero que reflejan toda una época.