Un viernes cualquiera

Unidentified people standing together for a group portrait: Lake Worth, Florida
Cortesía de la Biblioteca y
los Archivos del Estado de la Florida

[CUENTO]

Mi vida con Tomás es apacible, llena de esos sucesos cotidianos que transmiten seguridad. Todos los días sale a trabajar temprano y regresa a la misma hora. Todos los días menos los viernes.

Los viernes debe salir más temprano y regresar más tarde que de costumbre. Erasmo aprovecha y me visita. Llega minutos después de que Tomás se ha ido y no necesita tocar la puerta para que lo deje entrar. Siento su olor cuando dobla la esquina y cuando llega a la puerta, ya la encuentra abierta y mi cuerpo listo para sorprendentes espasmos de placer con el solo roce de su mano.

Todos los viernes recibo a Erasmo, menos un viernes cualquiera que Tomás quiso sorprenderme y llevarme a almorzar.

Cuando sentimos su carro, supimos que no había nada que hacer. Tomás habría reconocido el de Erasmo, que conocía muy bien, y sabría que él estaría conmigo. Nos levantamos y vestimos con calma, fuimos a esperarle a la sala y nos sentamos en el sofá al tiempo que un furioso Tomás entraba por la puerta.

No dejaba de caminar de un lado para otro mientras gesticulaba y nos recriminaba. Que si qué falta de respeto, que si qué clase de amigo era Erasmo, que si qué dirán los vecinos, que si cómo quedaba él. En realidad, no lo escuchaba, pero sentía a Erasmo muy quieto a mi lado, con la cabeza baja y sintiéndose como basura. No tenía que mirarlo para saberlo. Yo, por mi parte, miraba al cielo por la ventana y pensaba en la hipocresía humana y en lo absurdo de la situación.

Me levanté de golpe. Sin pensarlo dije: “Ay, ya” y levanté los brazos. Miré a Tomás a los ojos y le pregunté: “¿Quieres que los vecinos hablen?”

—¿Quieres que los vecinos hablen?—, repetí y vi cómo su rostro se demudó, a la vez que ocupaba mi lugar en el sofá.

—Sabes que puedo darles motivos para que hablen de verdad—, continué sin retirarle la mirada. —Puedo decirles que con quién estoy casada es con Erasmo y luego te puedo dejar por otro, que pretendientes no me faltan. Si ya lo hice una vez, lo puedo hacer cuántas veces quiera.

Erasmo y Tomás permanecieron con los ojos bajos. Se formó entre ellos una silente solidaridad masculina que supe que me permitiría vivir apaciblemente el tiempo que quisiera.

—Ahora, concluí, te dejas de pendejadas y la próxima vez me haces el favor de llamar.

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“Un viernes cualquiera” by Maite Ramos Oritz is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 International License.

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