Tenderete público

Estoy lavando ropa a mano. Sí, a mano. Por eso en par de ocasiones he tendido la ropa en la acera del frente, un espacio público que solo yo he profanado,

Tendedero para el tenderete públicoColoco el tendedero plegable en la acera frente al balcón donde me la paso la mayor parte del tiempo. Le cae luz solar todo el día (por eso extrañaré la sombre del ficus). Corre una brisa que contribuye a que el proceso de secado se acelere. Sin embargo, ni el sol ni el aire son las razones para hacer público mi tenderete. Quiero que el mundo, es decir, mis vecinos, sean testigos de mi trabajo

¿Ya dije que estoy lavando ropa a mano?

Que nadie me imagine con la sonrisa de una ama de casa satisfecha. No me gusta lavar ropa, ni siquiera a máquina. En mi mundo ideal, sacaría el jampel o cesto de ropa sucia una vez a la semana como se hace con la basura. De madrugada, vendría un camión a llevársela y la devolvería la semana en par de días lavada, olorosa a primavera artificial, secada y doblada.

No es difícil imaginar que en el pasado he comprado ropa nueva con tal de no lavar la sucia. Sé que no soy la única, pero la frecuencia es vergonzosa.

Gracia a María me he visto en la obligación de lavar a mano. Podría dejar que Wu Siumán se encargara, pero su idea es mojar la ropa con un poco de jabón, enjuagar y tender. La perfeccionista que escribe no puede tolerar semejante blasfemia. He adoptado el rol de la lavandera oficial de la familia.

Lavar a mano como modo de vida

Mi mamá conocía a una mujer que solo usaba ropa de telas finas. Cuando llegaba a su casa, se metía a la ducha vestida y, en una especie de dos por uno íntimo, se duchaba y lavaba su ropa a mano. Lo intenté una vez. No solo me sentí ridícula, sino que la experiencia no ayudó a mejorar mi percepción sobre lavar ropa en general.

Conocí a alguien que nunca compraba una pieza de ropa en mahón o mezclilla. Como lavaba a mano, prefería telas livianas como el algodón. Ni lo intenté. Me gustan mucho los mahones. Además, para que funcione hay que lavar a mano cada día, convertir la empresa en un modo de vida. Si se le añade el compromiso que conlleva lavar piezas grandes como toallas o el juego de cama, se explica por qué no he adoptado dicha costumbre. Hasta ahora.

Gracias, María, pero no

Ahora lavo a mano todos los días, aunque no me guste. Por eso, después de pasar por el suplicio de lavar hasta las toallas, me parece apropiado que los vecinos vean el fruto de mi trabajo.

Esa es la razón por la que mi tenderete ha sido público. Para que todos sean testigos de mi sacrificio.

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