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Sobre el tema de la traducción.

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Tarro de libros

Se me hace difícil decidir qué libro leeré después de terminar uno. Quizás por eso leo varios a la vez.

Durante las pasadas vacaciones de primavera, intenté terminar El héroe de las mil caras, de Joseph Campbell. En las de verano tenía la intención de salir de uno de los otros dos mamotretos que leía al momento, la Nueva Ortografía, que me tomará bastante tiempo, y The Works of Edgar Allan Poe. No logré ninguna de las metas: el de Campbell lo terminé en julio y al de Poe todavía le falta algo. La Ortografía lo di por perdido; creo que me queda un año más. Entre un libro y otro he leído alguno que otro más, pero siempre con la incertidumbre de cuál leeré después.

Hace un tiempo descubrí un método bastante popular en el ciberespacio para escoger las próximas lecturas: el tarro de libro. La idea es escribir el título de los libros que se deseen leer en papeles de colores, doblarlos y meterlos en un tarro o pote de Mason para irlos sacando al azar.

Me pareció una propuesta ingeniosa y decidí ponerla en práctica, pero como soy disidente le hice varios cambios. He aquí mi versión:

Papeles en blanco y tarro vacío.

1. Primero, escogí el tarro de una vela, reciclado por eso de conservar el ambiente, y busqué varias hojas de papel del mismo color.

Guillotina y títulos de libros.

2. Después escribí los títulos de 192 libros y piqué las tiras del mismo tamaño para no hacer trampa.

Títulos de libros.

3. Luego mezclé las tiras con los títulos para que la selección fuera aún más aleatoria.

Títulos listos para el tarro.

4. Antes de introducir las tiras al tarro, las doblé cada una de la misma manera.

Tarro de libros.

5. Por último, coloqué el tarro en un lugar prominente de la casa.

Estos libros son solo una parte de los que tengo pendiente para leer e incluyen novelas, colecciones de cuentos, libros de historia, de filosofía, de teoría literaria y alguno que otro tema misceláneo. El formato es tanto impreso como electrónico. También están las dos partes que me faltan de la serie de Álvaro Mendiola, de Goytisolo, y las tres de La lucha por la vida, de Baroja. Si sale alguno fuera de orden, regresará al tarro hasta que salga el que corresponda.

Todo esto no impedirá que lea algún libro que no está entre los del tarro, principalmente por motivos de trabajo. Por lo pronto, ya veremos cómo me va con este nuevo proyecto. Sí puedo anunciar que salió el primero que comencé a leer ayer mismo. Se trata de Avatars of the Word, de James J. O’Donnell, y que resultó una casualidad de las buenas porque me viene bien para un trabajo profesional en el que estoy inmersa.

Avatars of the Word: primer libro del tarro.

El 2013 en libros

En el 2013, leí de todo. Completé 55 libros, 5 menos que el año anterior.

El 2013 en libros.

De acuerdo con las estadísticas, leí menos páginas. Sin embargo, no se toma en cuenta el mayor número de libros electrónicos que no se dividen en páginas. Por eso tengo la impresión de que leí más o por lo menos así lo siento. Otros datos son:

  • Leí 16 libros electrónicos, contrario a los 9 del año pasado.
  • Leí 17 libros de autores puertorriqueños, contrario a los 8 del año pasado.
  • Igual que el año pasado, la mayor parte consistieron en textos narrativos. La mayoría fueron novelas, seguido de cuentos y, finalizando, con novelas cortas.
  • El libro impreso más extenso fue Breve historia de España y el más corto Con las peores intenciones.
  • El libro puertorriqueño más extenso fue Cuentos puertorriqueños en el nuevo milenio y el más corto, otra vez, Con las peores intenciones.
  • El libro electrónico más extenso fue Divergent y el más corto La dama del perrito.

¿Qué espero para el 2014? Volví a ponerme como meta leer 50 libros. Puede que sea una cantidad muy baja para una profesora de literatura que debería leer constantemente. Sin embargo, se trata de libros completos, no incluyo en el reto la enorme cantidad de artículos que consulto para preparar clases y trabajos.

De aquí a un año sabré cómo me fue.

2013 Reading Challenge Logo

Ficha bibliográfica de la novela El símbolo perdido, de Dan Brown

El símbolo perdido, de Dan Brown

Por suerte para mí, este libro fue un préstamo, así que no tiene un lugar permanente en mi biblioteca. Se trata de otra entrega más de las aventuras Robert Langdon, experto en simbología.

Al igual los otros dos libros de Brown que he leído (El código Da Vinci y Ángeles y demonios, en ese orden), comienza con una nota en la que da fe de la autenticidad de las instituciones y rituales que aparecen en el libro. De este modo, un lector poco aguzado (pasivo, en terminología de Cortázar) pensaría que lo que está a punto de leer es verídico, no ficticio como en realidad es. La técnica fue innovadora la primera vez, pero ya a estas alturas cansa.

Luego, procede un relato tipo policial que narra las aventuras ocurridas en un período de menos de 24 horas a Langdon y a sus amigos Katherine y Peter Solomon, Warren Bellamy, Inue Sato, el déan Galloway, entre otros, quienes se enfrentan a la maldad personalizada en Mal’akh, el único antagonista, en esta ocasión.

El libro podría ser interesante, pero adolece de una prosa pesada que, por explicar cada minucia, se convierte a veces en una conferencia aburrida. Es casi como si la voz narrativa quisiera ser el desdoblamiento de Langdon, cuya clase en Yale debe ser un somnífero. Por otro lado, presenta situaciones inverosímiles como cuando Katherine filma un suicidio asistido (en una institución hospitalaria en EEUU, nada más ni nada menos) para probar la existencia del alma. ¿No era más fácil y verosímil pesar al moribundo antes y después de la muerte? ¿O simplemente tomar como buenos los hallazgos de Duncan McDougall? Además, ella trata de probar el poder del pensamiento humano sin sujetos humanos para experimentar…

Por otro lado, la versión española que tengo contiene una cantidad elevada de errores ortográficos y de traducción. Por ejemplo, repetición de palabras, abuso del gerundio y de la voz pasiva o traducciones literales. Desgraciadamente, no las apunté y no voy a releer la novela para buscarlos. Pero sí recuerdo perfectamente la utilización del sustantivo “rosacruciano”, traducción directa de “rosacrucian” que en español es “rosacruz”. Solo hay que verificar el DRAE para saberlo. Tal parece que el texto hubiese pasado por los traductores, pero no por el crisol de un editor que corrigiera los errores que se les escaparon a los primeros.

Otra característica del libro es cuán predecible es. Para no dar mayor información a quien interese leerlo diré que desde las primeras páginas ya sabía la función que tendría en la novela el obelisco del monumento a Washington. Nada de sorpresas.

Esta no ha sido de las mejores lecturas que he hecho y supongo que será el último libro de Brown que lea. Me gusta ser lectora activa, pero no por ello agradezco estar un paso adelante del autor. Como entretenimiento liviano podría funcionar, pero ya tuve toda la liviandad que Brown podría ofrecerme.

Por cierto, si quieren saber de qué trata la próxima novela de Brown, solo visiten Create Your Own Dan Brown Novel.