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Sobre novelas y novelas cortas.

Ficha de la novela The Forgotten Girls

The Forgotten Girls, de Sara Blaedel

Si tengo la oportunidad de leer un libro de una literatura nacional de la que no he leído mucho o nada, me lanzo a la aventura. Esa es la razón por la que leí la novela The Forgotten Girls, de Sara Blaedel.

Al terminar la lectura, quedé con la impresión de que la sociedad danesa es extremadamente sexista. Y tengo varios ejemplos para probar mi punto

  • Lo primero que me llamó la atención fue el tratamiento a la mujer por su nombre. Me refiero a que a la detective Louise Rick, la protagonista, la tratan siempre de Louise. Ese no es el caso de los personajes varones como Eik Nordstrøm o Ragner Rønholt a quienes los demás personajes tienden a tratar por sus apellidos. En español, eso es bastante común: llamar por nombre a mujeres, incluso si están en posiciones de poder, y por los apellidos a los varones. En otras palabras, el tratamiento de respeto se reserva al varón.

    Mujer policía en Dinamarca

    Fotografía de Gil Megidish, a través Wikimedia Commons

  • Otro elemento que nunca entendí es la insistencia de que una mujer no puede vivir sin un hombre. Louise Rick es detective y se presenta, en un principio, como una mujer independiente. No dura mucho esa pose. De buenas a primeras, todas sus preocupaciones giran en torno a su novio muerto, a su ex y a su subordinado con quien mantiene una relación sexual, aun cuando se trata de un personaje desagradable. Por la descripción, me imaginé a una persona que huele mal, viste peor y cuya personalidad es insufrible. De otra parte, eran demasiadas las veces en que su rol era el de doncella en apuros, rescatada por un caballero en caballo blanco.
  • Por otro lado, se me quitaron las ganas de vivir en Dinamarca. Según lo leído, la policía allí no está apropiadamente entrenada en nada; ni en técnicas básicas de investigación ni en defensa personal. Puedo entender que a una mujer policía la tome por sorpresa si la agarran por la espalda para atacarla sexualmente, pero que no tenga ninguna reacción, nada de “voy a utilizar la técnica tal que me enseñaron en la academia para someter a sujeto más grande que yo. No se la voy a hacer fácil” ni el “menos mal que me ejercito tres veces a la semana y tomo clases de artes marciales otras tres. Esto es pan comido para mí”. No. Ella se deja y si no es por Eik Nordstrøm se hubiera consumado el acto. Otro ejemplo del caballero que recata a la doncella en apuros porque ella es incapaz de hacerlo sola.
  • Por último, la forma en que se presentan las enfermedades mentales es horrible. No me refiero tan solo a la olvidadas del título, olvidadas precisamente por eso, sino cómo el criminal resultó padecer de una enfermedad mental –pésimamente tratada por su hermana, una especialista en el campo de la siquiatría–, sino que al final de la novela, Louise Rick es referida a tratamiento sicológico y ella, en su regreso al estado de mujer independiente, destruye el referido. Si hay alguien en esta novela que necesita tratamiento siquiátrico es ella, pero ni siquiera piensa en el bienestar de su hijo de crianza.

Debo señalar que la lectura se complica debido a que la novela forma parte de dos series distintas: es el número 7 de la serie “Louise Rick” y el primero de “Missing Persons”. Esto significa que hay subtramas que surgen de momento o que quedan inconclusas. Como no se trata siquiera de una buena novela policial, no me interesa leer ninguna de las otras entregas de las series, así que nunca sabré qué pasó o qué pasará.

The Forgotten Girls, de Sara Blaedel, mató irremediablemente cualquier disposición que tuviera de emigrar a Dinamarca. Me dejó una mala impresión de su cuerpo policiaco.

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Los jefes Los cachorros

Los jefes. Los cachorros, de Mario Vargas Llosa

Todo lo que ocurre a mi alrededor no ha impedido que continúe con el reto mensual de lecturas. Sí ha impedido que publique las reseñas cuando corresponde. Antes de que termine el mes de mayo, creo conveniente publicar la de abril. Como correspondía a un libro de un autor ganador del Premio Nobel, seleccioné Los jefes. Los cachorros, de Mario Vargas Llosa.

Este pequeño libro está compuesto de dos: Los jefes, una colección de seis relatos, y Los cachorros, una novela corta.

Los jefes se publicó primero en 1959. La calidad de sus textos es variable, aunque no se puede decir que son malos. En ellos se vislumbra al futuro autor de La ciudad y los perros. Hay temas y preocupaciones que luego se explorarán más detenidamente en la novela como los ritos de paso, la búsqueda de la masculinidad a través de la violencia y la mujer como objeto, entre otros.

La novela corta Los cachorros es de 1967 y, en ella, Vargas Llosa continúa explorando ciertos temas que aparecen en La ciudad y los perros, pero de manera más madura a como se tratan en Los jefes. Esto nos permite ser testigos de la evolución como escritor del Nobel peruano. No quiere decir esto que Los cachorros supere la novela, sino que durante la década del 60 Vargas Llosa practicó su oficio de escritor con esmero.

De esta forma, Los jefes. Los cachorros es una manera de tener un encuentro con la buena literatura.

Para el mes de mayo, corresponde leer una biografía o un libro epistolar. Por suerte, hace años, IM me regaló una biografía y esa es la que estoy leyendo.

 

Ficha de La Perricholi, de Luis Alberto Sánchez

La Perricholi, de Luis Alberto Sánchez

A pesar de lo tumultuosa que ha estado mi realidad en los últimos tiempos, he continuado con el reto de lectura mensual. No había podido publicar la reseña del libro La Perricholi el primer sábado del mes, como le correspondía, porque estimé necesario publicar una entrada con otro tema.

Aquí va la reseña del libro de marzo: El texto de Luis Alberto Sánchez es la historia novelada de Micaela Villegas y Hurtado de Mendoza, mejor conocida como la Perricholi, cuya vida transcurrió en el periodo pre movimiento de independencia del Perú.

Retrato de Micaela Villegas, la Perricholi

Supuesto retrato de la Perricholi

El libro consta de 14 capítulos, divididos en cuatro partes, que comienzan con el acontecer en Lima, años antes del nacimiento de Mica, como la llamaban sus allegados, hasta su muerte.

Originalmente, el libro se publicó en 1936. Quizás por eso no es tan profuso en ciertos detalles escabrosos, por lo que la figura de la Perricholi oscila entre una joven alocada a una desvergonzada meretriz. Sánchez, sin embargo, no se decanta por ninguna de las dos.

Hay realidades históricas que no se pueden negar: la chica era precoz, fue una actriz talentosa, fue amante del virrey Amat, tuvo un hijo fuera del matrimonio con él, era impulsiva y caprichosa. Para los limeños de la época su sola existencia era un escándalo. Pero a veces la narración parecía presentar a una mujer inofensiva. Nunca me quedó del todo claro quién era ella.

El hecho de que se trate de una historia novelada supone que el autor se documentó, pero también añadió parlamentos de su propia invención. Y he aquí uno de los problemas del libro: no es historia, tampoco una novela y a la larga es pesado de leer.

Para abril, corresponde un libro de un ganador del premio Nobel. Demás está decir que se tratará de un Nobel en Literatura. Con todo lo que está pasando no me echaré al cuerpo un libro de Química, Física o Economía.

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Ficha de Amadís

Amadís de Gaula, de Garci Rodríguez de Montalvo

El Amadís de Gaula, de Garci Rodríguez de Montalvo, es el resultado de la refundición de un texto anterior, del siglo XIV. La novela de caballería, publicada en el siglo XV, consta de cuatro libros. Los primeros tres son los refundidos, el último es obra Rodríguez Montalvo.

Amadis de GaulaAmadis de Gaula por Garci Rodríguez de Montalvo

Mi clasificación: 4 de 5 estrellas

¿Cuándo sale la tetralogía?

 

Hay una razón por la que se le considera la obra maestra de las novelas de caballería. Se trata de un ejemplo español del ciclo artúrico, pero que se sostiene por sí mismo. Amadís es el caballero ideal; Oriana, la dama perfecta y entre uno y otro una cantidad apabullante de personajes secundarios.

Como se trata de un texto medieval, los arquetipos abundan por doquier. Los buenos siempre son buenos y los malos, rara vez cambian de opinión. La violencia es bastante explícita y el sexo bastante común. Ni a Amadís ni a ninguno de sus hermanos, Galaor y Florestán, se les podía dejar solos con una doncella.

Sin embargo, lo mejor de la novela no son los episodios ni las aventuras, que de por sí atrapan al lector, lo mejor es el narrador. Se trata de un ente consciente de su función. De este modo, adelanta y recuerda información, efectúa transiciones entre un episodio y otro, e indica episodios por venir o pasados a lo largo de los cuatro libros, sin contar con que anuncia la publicación de Las sergas de Esplandián, el quinto libro de la serie.

La novela es tan buena que pienso que se merece el tratamiento cinematográfico: Cuatro películas de tres horas cada una, dirigidas por Guillermo del Toro y con música de John Williams (se puede soñar, ¿no?).

Logo del reto de lectura de 2017

Logo del proyecto Editing Dangerously | © Philip Uglow

2017: The Year of Editing Dangerously

I believe more in the scissors
than I do in the pencil.
Truman Capote

Si algo aprendí en el 2016 es que no todas las personas tienen que ser escritoras. No es una obligación, ni siquiera moral. Habrá a quien simplemente no le interese. También aprendí que no todo el mundo tiene la capacidad de ser escritor. Habrá quien quiera y realmente no puede, y quien no puede, pero tampoco quiere. Por último, también aprendí que de nada sirve querer ser escritor, si no se está dispuesto a pasar el trabajo de editar. Para eso hay que tener babilla. Como todavía estoy deliberando cuál es mi posición como escritora, me propuse que el 2017 sería “the year of editing dangerously” (ya sé que como traductora debería usar la versión en español, pero en inglés suena más peligroso. Apedréenme si quieren).

Maquinilla Olympia con flores | © Valeria Moschet

Instrumento para reescribir | Fotografía de Valeria Moschet

Ensayos académicos

Es cierto que la redacción académica no es creación literaria, pero no quiero cerrarme a la posibilidad de que este sea el único tipo de escrito al que me debería dedicar. En el 2016 produje cuatro “papers”, tres de los cuales se publicaron y el que falta aún no se ha sometido a consideración.
Este tipo de trabajo no se me hace fácil. Requiere mucha investigación. No me quejo; investigar es una de mis pasiones. No obstante, producir el texto puede conllevar meses de búsqueda, lectura, descarte de recursos, redacción, corrección, verificación, corrección, edición y corrección.
Por mi línea de trabajo no me queda más opción que realizar ensayos académicos. Es un requisito, es lo que se espera de mí, me guste o no. Por suerte, lo disfruto.

El mal de la poesía

Me persigue. Y no soy poeta. No. Trato muy mal los poemas pacos que escribo a lo loco. Ni los reviso. Aun así, tengo el descaro de escribir un poemario en una semana. Me parece que la aseveración anterior merece una explicación. Lo habré escrito en tiempo récord, pero llevaba pensando en él casi un año. Se trataba de un sentimiento que tenía que sacarlo del sistema y que aún no estoy lista para tratar en narrativa. En otras palabras, parece que desarrollé sentimientos y no sabía qué hacer con ellos; los vertí en verso y ahora… no sé qué hacer con ellos. Se trata de todo un poemario y me siento incapaz de separar los hermanos poemas. Eso sería una crueldad.

Útiles de oficina para editar | © Stefan Schweihofer

Instrumentos imprescindibles para editar | Fotografía de Stefan Schweihofer

Narradora escribiendo

Quiero ser narradora… igual que todo el mundo y su primo. Y la prima también. Y no olvidemos a Raymundo. Ni a los puristas que ahora están convulsando. A este respecto estoy considerando que quizás se trate de un asunto de querer y no poder. Quizás mi misión es ser lectora y no escritora. Total, debe haber más lectores que escritores, si no esto sería un club exclusivo en el que nos leeríamos unos a otros y no admitiríamos la intrusión del mundo exterior.

Disculpen la digresión. Durante el 2016 me encontré con una situación anómala: escribí narraciones extensas. Soy fanática de la microficción y comencé por ahí. Incluso, una vez me quejé de que me siento encajonada en la clasificación de microcuentista. Pero este año, hasta escribí una novela corta en tres semanas (espero que nadie piense que es una obra maestra).

O estoy madurando como escritora u ocurre una alineación planetaria extraña.

La maldición de la mención

Parece que la superé. Quizás tenga algo que ver lo poco que participé en certámenes para concentrarme en convocatorias para revistas y antologías. Sin embargo, tampoco sometí muchos textos para este tipo de evento.

Me sorprendo de mí misma porque usaba los concursos como medio de obligarme a escribir. Es decir, me topaba con unas bases que me llamaban la atención. Escribía algún cuento que girara entorno al tema presentado, antes de la fecha de cierre, y lo enviaba. ¿Qué seguía? Una súplica a Yukiyú para que no obtuviera premio que en el 99 % de los casos se me concedía, lo que me daba tiempo para revisarlo. Solo hay un detalle muy pequeño, insignificante en realidad: rara vez lo revisaba con calma. Eso significaba que si encontraba otras bases que parecieran admitir el texto, lo revisaba como pudiera, lo envía y volvía a suplicarle a Yukiyú. ¿Ven el patrón? Me consolaba con que tenía un cuento terminado.

Pero en el 2016 no necesité de bases con temas y fechas límites. Muchos relatos surgieron, así nada más, por generación espontánea. Encima los terminaba aun sin tener fecha límite. No necesito concursos para escribir.

Té de hierbas para la edición | © Mira DeShazer

Té de hierbas para la inspiración | Fotografía de Mira DeShazer

The Year of Editing Dangerously

Lo antes escrito me lleva a pensar que tengo muchos textos sin revisar. Escribir es fácil si se tiene la capacidad o si se quiere. No hay duda de que pertenezco a ese último grupo. No obstante, para mí, la labor más importante de quien escribe es revisar. Reconocer que lo primero que se escribió no sirve y para mejorarlo hay que reescribir, recortar, editar para luego alejarse del texto antes de volver a revisar, reescribir, recortar y editar. Para eso hay que tener babilla, se debe reconocer que uno no es un genio, que ser escritora implica pasar trabajo.

Aspiro a pasar buena parte del 2017 revisando, reescribiendo, recortando y editando. Puede que cree algo original, pero su destino terminará siendo el de lo escrito anteriormente. Quizás así logre publicar un libro decente. O quizás descubra que no tengo la babilla suficiente, que no estoy hecha para ser escritora y me olvide del asunto.

Por todo lo anterior, armada con una tijera y un bolígrafo rojo, he denominado al 2017: The Year of Editing Dangerously (ya sé que debería decir “revising” y no “editing”, pero a veces me paso de optimista).