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Fotografía de flora y fauna.

Cathy de paseo en Semana Santa

Semana Santa 2016: Vacaciones necesarias

Marcadores y bolígrafo para corregir

Mis útiles de trabajo a la hora de corregir

Todos los años espero impaciente las vacaciones de Semana Santa. No lo hago porque me interese pasármela metida en la iglesia o porque quiera ayunar o conmemorar ningún acontecimiento religioso. No, solo quiero descansar. Y como ocurre todos los años, no puedo. Es tanto el trabajo pendiente que apenas lo logro.

Lo peor es que este año me toca corregir y lo odio. Odio corregir. Lo odio, lo odio y lo odio.

No he podido escribir, no he podido bordar, no he podido tejer. Nada. He permanecido rodeada de papeles y resaltadores de colores.

Como estoy mentalmente agotada, he aprovechado cada oportunidad para salir de paseo. El Domingo de Ramos montamos a Cathy en el auto y nos fuimos a explorar el Este. Visitamos Yabucoa, Naguabo y Fajardo. El lunes hicimos una parada en el Paseo de las Artes de Caguas; el martes, intenté buscar un lugar donde trabajar. No tuve éxito. No importaba dónde me metiera, estaba lleno a capacidad. Había olvidado que era feriado por el Día de la Abolición de la Esclavitud. ¡Qué ironía! Yo trabajé como de costumbre. El miércoles fui a Cayey a resolver un asunto pendiente de mi faceta de escritora.

Hoy me preparo para encerrarme en casa con el único propósito de corregir, previo al acostumbrado maratón del Viernes Santo. Como el trabajo no se detiene aunque haya decidido rendirle culto por un día al sedentarismo, supongo que pasaré un sábado entre papeles y resaltadores gloriosos y un domingo en el que de seguro múltiples exámenes y trabajos escenificarán el milagro de la resurrección.

Así que, como todos los años, espero con ansias las vacaciones de Semana Santa para no descansar como anhelo.

Un año que viene y otro que se va y más vale que se vaya

El bienio de 1994-96 fue terrible, el 2010 fue peor, el 2012 estuvo a punto, sin embargo, nada me preparó para el 2014, el peor año que haya vivido hasta ahora.

El 1994 comenzó normal, sin embargo, a mediados pierdo uno de los mejores empleos que jamás haya tenido (todavía lo lloro), me mudo de país en un momento en el que tenía demasiados conflictos sin resolver y un día simplemente no me levanté de la cama. La situación no mejoró mucho el año siguiente cuando apenas me alcanzaba para comer. No fue hasta finales del 96 que empezó el proceso de recuperación.

El 2010 tuvo la delicadeza de convertirse en un asco muy pronto. Todavía lo recuerdo: marzo. De ahí en adelante, todo fue en picada con una decepción tras otra tras otra tras otra. No voy a decir más porque es demasiado reciente.

El 2012 decidió hacer lo del 1994 y esperó a mitad de año para fastidiarme la vida. Tampoco hablaré mucho del asunto, pero diré que con la mayor discreción pasé un periodo en un tratamiento de emergencia cuando no lo soporté más (sí, cómo los famosos que se recluyen en la clínica de Betty Ford, pero sin el asunto de la adicción). Y para terminar el año, pierdo a mi padre.

Entra en escena el 2014 que, por supuesto, esperó a la segunda mitad. Este año fue tan malo que los que he mencionado anteriormente se quedan chiquitos. No voy a decir que fue decepcionante porque la palabra no logra aunar todo lo que pasé. Nada salió bien y lo que sí no compensa. Estuve a punto de claudicar.

El 2014 en fotos (veremos a ver qué nos trae el que viene).

Un año en fotos: 2014
1. enero, 2. febrero, 3. marzo, 4. abril, 5. mayo, 6. junio, 7. julio, 8. agosto, 9. septiembre, 10. octubre, 11. noviembre, 12. diciembre

Este año llegué a varias conclusiones que sospechaba, pero no me las quería admitir. Primero, estoy cansada. Nadie se imagina cuánto. Y no es un cansancio físico, sino espiritual, emocional, intelectual y quién sabe qué más.

Mantén la calma y hazles creer que todo está bienSegundo, una de las causas de ese cansancio es porque vivo de apariencias. No se trata de aparentar una riqueza, clase o cultura que reconozco que no poseo. No, es otro tipo de apariencia: aparento estar bien cuando no lo estoy. Por ejemplo, ¿cuántos saben que llevo décadas padeciendo de una condición potencialmente mortal y que eventualmente requerirá algún tipo de acomodo razonable? En mi trabajo no se pueden enterar y mi familia política tampoco. Mientras tanto aparento que no pasa nada y mi salud se está yendo por la borda.

Tercero, tengo una visión cínica de la vida. Véase el final del párrafo anterior como prueba. No es que sea simplemente pesimista, es mucho más. Hasta hace poco todavía tenía fe en la humanidad, ya no. No espero nada bueno de nada ni de nadie. Solo espero por el día cuando pueda encerrarme en la casa y no volver a tener contacto con otro ser humano, salvo algunas excepciones.

Hoy comienza el 2015. Supuestamente será mejor que el 2014. No soy tan estúpida como para tener esa esperanza. Sé que este año que viene no será mejor, solo espero que no sea peor que el que se va.

Historia de un tijeretazo

Tronco con bokeh y sin tijeretazo.

Otra foto que no tiene nada que ver con el tema, pero que combina dos de mis obsesiones fotográficas: los troncos de árboles y el bokeh

Estaba dispuesta a humillarme públicamente y admitir que en los cuatro meses que comprenden de septiembre a diciembre no había hecho nada con “Destino errante”. Ese cuatrimestre fue de espanto: me la pasé resolviendo a última hora más que haciendo y me vi en la obligación de echar a un lado proyectos a los que les quería dedicar tiempo.

Tampoco me ayudó el hecho de que volví a leer la novela y, pues, la verdad es que no la encontré ni siquiera mala, sino malísima. Ya sé que soy ambivalente con respecto a ella: hoy me gusta, mañana no, pero ¿qué le voy a hacer? Ese parecer ser mi sino. Había concluido que era una porquería en cuya redacción había perdido el tiempo. La había archivado con toda la intención de no saber nada más de ella.

Por supuesto que cuando ya había empezado a olvidarme de “Destino errante”, ¡bum!, regresó con fuerza. En estos últimos meses he reescrito el primer acto. Cuando digo reescribir me refiero a todo el tijeretazo al que lo he sometido que me ha obligado a eliminar y a reescribir algunos episodios. Con todo, sigo preguntándome si pierdo el tiempo.

De cinco capítulos y 84 páginas, el primer acto ha disminuido a cuatro capítulos y 38 páginas. Reduje de 8.5 páginas a 5 la primera escena, una de las más importantes, introduje el conflicto mucho antes y me aseguré de que todos los personajes importantes aparecieran o se mencionaran en algún momento durante este acto. Este logro se debe al machetazo que debe describirse como despiadado. Eliminé descripciones, narraciones y detalles superfluos.

El que no haya descripciones de personajes podría ser problemático, pero no me preocupa, escribo como si el lector supiera quiénes son los personajes, cuál es el conflicto y hasta dónde se desarrolla la trama. No es de extrañar si se trata de tres detalles que conozco al dedillo. Puedo anticipar cómo reaccionaría cada personaje si decido añadir una situación nueva. Esto tiene la ventaja de que reduzco muchísima información porque ya la sé, pero puede que un lector se pierda. Qué más da si esta novela la estoy escribiendo para mí,

Otro asunto que he considerado es el trasfondo de los personajes principales, lo que en inglés se conoce como “backstory”. Eliminé episodios completos dedicados a eso y he esparcido la información aquí y allá. He convertido la biografía de los personajes en rompecabezas cuyas piezas un lector deberá descubrir y juntar. Algunas han resultado más grandes que otras y estas últimas están escondidas en parlamentos o acciones, que muy bien podrían escapársele a cualquiera.

También he tenido cuidado con el punto de vista. Noté que caía en tantos personajes que nada quedaba oculto. No soy una escritora realista, no me interesa que mis voces narrativas lo sepan todo y me gustaría lograr cierto grado de ambigüedad, por lo que he sacrificado aquello que entiendo que está demás.

Al parecer lo que necesitaba para encaminarme era dejar de pensar en “Destino errante”, dejar de preocuparme y tomarlo con calma. Justo ahora que a decir verdad ya no me interesa trabajar en la novela. Sé que no importa cuánto tiempo le dedique no será buena, no ganará un certamen ni una editorial la querrá publicar. Literalmente, estoy en medio de un ejercicio en futilidad. Así que veré cuánto me dura esta racha y si pasa rápido, más pronto podré archivarla y olvidarme si quiera que un día intenté escribir una novela.

Elucubración número 3

Los colores del cielo el atardecer provocan una elucubraciónTodavía anoche no sabía si publicaría hoy o no. Eso es raro. Por lo general ya sé qué publicaré a veces con semanas de anticipación. Tengo mucho trabajo, pero no se trata de eso, ni si quiera de esté pasando por un periodo de síndrome de la página en blanco. Simplemente, perdí el interés. No es la primera vez que me cuestiono qué hago acá, pero a la larga continúo. Bloguear se ha convertido en parte de lo que soy y tiene la ventaja de no hay nadie al otro lado. No tengo por qué llenar las expectativas de otro ni decepcionarle o decepcionarme. Solo escribo, publico y ya, en un acto de autocomplacencia que, por ahora, continuaré llevando a cabo en público.

Tengo una vaca que se volvió toro

Soy de la loza y no lo niego. Aunque quisiera tampoco podría hacerlo: mi comportamiento lo delata y las vacas también.

No es toto es vaca.

Creo por fe que se trata de una vaca

Allá para el 2003 visité Oviedo, una semana antes de la fiesta de La Ascensión. El cartel conmemorativo presentaba lo que para mí era un toro porque tenía cuernos. Mi guía, un chico local, muy amablemente me corrigió y me hizo saber que se trataba de una vaca. Ese día, mi ser citadino aprendió que las vacas también tienen cuernos.

Este definitivamente es toro, no vaca.

Esta es la mascota de la universidad en la que trabajo…

Armada con esa información, cuando casi una década después comencé una nueva etapa de mi vida en Cayey, empecé a ver vacas por todos lados. Lo cierto es que no soy fanática del campo, pero como las veía por doquier hasta empecé a tomarles cariño.

Juraba que eran vacas, no toros.

Vacas, vacas por todos lados

Un fatídico día, me volvieron a corregir. Resulta que las vacas a las que había comenzado a apreciar no eran tales, sino toros. Así como mi guía ovetense me ilustró sobre cómo distinguir un toro de una vaca, un compañero cayeyano hizo lo propio con una vaca de un toro. Por si se lo preguntan, la clave está en la ubre: si no hay ubre, es toro. Lógico, ¿verdad? No para quien sale de la loza como yo.

Cuco es toro, no vaca.

Cuco me acompaña todos los días al trabajo. Las claves estaban ahí, fui yo quien no las supo interpretar…

En mi defensa debo añadir que soy cegata y despistada. De todos modos, creo que mi obsesión por las vacas se transformó mágicamente en obsesión por los toros.