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Todo sobre mi primera novela con el título provisorio “Destino errante”.

Camp NaNoWriMo, julio 2018

Fotografía de Ginny

Fotografía de Ginny

Solo a mí se me ocurre participar en el Camp NaNoWriMo, edición de julio de 2018. La idea parecía buena cuando comencé: Aprovechar el mes para revisar varios proyectos, no solo uno como hice con el NaNoWriMo del 2017.

El año pasado reescribí Destino errante, la novela que escribí como proyecto del blog hace varios años. Pensé que aprovechar Camp NaNoWriMo para eliminarle varios capítulos y darle punto final. Sin embargo, no me nace trabajar en ella. Decidí trabajar en varios otros proyectos y no he tenido mayores problemas. Se trata de novelas que escribí después y que no me tomo tan en serio. Ese es el caso de Nada que perder, la novela que escribí la primera vez que participé en NaNoWriMo.

Portada y contraportada de Ojos llenos de arena que no trabajaré en Camp NaNoWriMo

Portada y contraportada de Ojos llenos de arena, trabajo de José Orlando Sued

Es cierto que me he puesto la presión innecesaria y casi imposible de tener los proyectos terminados cuando terminé el mes. No sé cómo me sentiré una vez comience el tratamiento. Además quiero sentir que tengo algo listo además de Ojos llenos de arena. No quiero ser autora de un solo libro.

El 31 de julio tendré terminada una novela. Son varios los proyectos en los que trabajaré, a alguno podré darle punto final.

¿Qué pasará después? Supongo que publicaré el libro. Solo me sospecho que no será Destino errante.

Por lo pronto, no sé si me metí en un lío demasiado grande cuando decidí participar en el Camp NaNoWriMo. Ahora que estoy a mitad de camino, pienso que la meta es muy ambiciosa. Revisar varios proyectos, incluyendo Destino errante, que no me nace trabajar en él, es más de lo que puedo hacer este mes.

Destino errante: A empezar de nuevo

A revisar Destino errante¿Alguien recuerda que allá, para el 2013, pasé el año escribiendo una novela? Se titulaba Destino errante e hice lo posible por informar cómo había sido la experiencia.

¿Recuerdan? Después de terminarla escribí alguna entrada realenga para actualizar a mis lectores. La última fue a finales del 2014, cuando intenté revisarla de alguna manera.

Ahora que saben de qué hablo, diré que para el NaNoWriMo 2017 decidí reescribirla. La había releído durante el verano y quedé horrorizada.

Como declaré el 2017 The Year of Editing Dangerously, el proyecto caía perfecto. Durante el mes de agosto, rehíce el bosquejo. No me alejaba tanto de la premisa inicial, solo agarré la tijera y eliminé un montón de personajes inservibles, de episodios repetitivos, de situaciones poco verosímiles y de capítulos.

Luego pasó María.

Originalmente había pensado en aprovechar los últimos meses del año para la reescritura y utilizar el NaNoWriMo 2017 para un proyecto que tengo pendiente.

NaNoWriMo 2017 Participant BadgeMaría me dejó sin electricidad, sin internet y sin ganas de escribir. Aun así, cuando anunciaron el inició de NaNoWriMo 2017, pensé en la reescritura de “Destino errante”.

Me tomó el mes entero reescribir la nueva versión de 15 capítulos. El total de palabras está cerca de las 15 000. Muchos días me obligaba a escribir, por eso tardé tanto. Sin embargo, fue una experiencia necesaria.

Como ya conozco tan bien la trama y los personajes pude concentrarme en las acciones y los diálogos. Apenas escribí descripciones porque muchas están en versiones anteriores de la novela y las puedo reciclar. Los detalles, se los pego luego.

La sorpresa: el punto culminante está colocado en un capítulo alejado del final. Los capítulos que me dieron más trabajo fueron los que le siguen, precisamente porque sentía que eran innecesarios.

Todo esto implica que me esperan más revisiones. Escribir una novela, así sea corta, como terminará siendo “Destino errante” no es fácil. El problema no es escribirla en sí. El año pasado probé que podía hacerlo en tres semanas. Lo más difícil es la revisión, el estar dispuesta a guardarla, para luego releer, revisar, eliminar y reescribir. Hay demasiadas novelas publicadas que se hubieran beneficiado de ese proceso. No quiero que la mía sea una de ellas.

Logo del proyecto Editing Dangerously | © Philip Uglow

2017: The Year of Editing Dangerously

I believe more in the scissors
than I do in the pencil.
Truman Capote

Si algo aprendí en el 2016 es que no todas las personas tienen que ser escritoras. No es una obligación, ni siquiera moral. Habrá a quien simplemente no le interese. También aprendí que no todo el mundo tiene la capacidad de ser escritor. Habrá quien quiera y realmente no puede, y quien no puede, pero tampoco quiere. Por último, también aprendí que de nada sirve querer ser escritor, si no se está dispuesto a pasar el trabajo de editar. Para eso hay que tener babilla. Como todavía estoy deliberando cuál es mi posición como escritora, me propuse que el 2017 sería “the year of editing dangerously” (ya sé que como traductora debería usar la versión en español, pero en inglés suena más peligroso. Apedréenme si quieren).

Maquinilla Olympia con flores | © Valeria Moschet

Instrumento para reescribir | Fotografía de Valeria Moschet

Ensayos académicos

Es cierto que la redacción académica no es creación literaria, pero no quiero cerrarme a la posibilidad de que este sea el único tipo de escrito al que me debería dedicar. En el 2016 produje cuatro “papers”, tres de los cuales se publicaron y el que falta aún no se ha sometido a consideración.
Este tipo de trabajo no se me hace fácil. Requiere mucha investigación. No me quejo; investigar es una de mis pasiones. No obstante, producir el texto puede conllevar meses de búsqueda, lectura, descarte de recursos, redacción, corrección, verificación, corrección, edición y corrección.
Por mi línea de trabajo no me queda más opción que realizar ensayos académicos. Es un requisito, es lo que se espera de mí, me guste o no. Por suerte, lo disfruto.

El mal de la poesía

Me persigue. Y no soy poeta. No. Trato muy mal los poemas pacos que escribo a lo loco. Ni los reviso. Aun así, tengo el descaro de escribir un poemario en una semana. Me parece que la aseveración anterior merece una explicación. Lo habré escrito en tiempo récord, pero llevaba pensando en él casi un año. Se trataba de un sentimiento que tenía que sacarlo del sistema y que aún no estoy lista para tratar en narrativa. En otras palabras, parece que desarrollé sentimientos y no sabía qué hacer con ellos; los vertí en verso y ahora… no sé qué hacer con ellos. Se trata de todo un poemario y me siento incapaz de separar los hermanos poemas. Eso sería una crueldad.

Útiles de oficina para editar | © Stefan Schweihofer

Instrumentos imprescindibles para editar | Fotografía de Stefan Schweihofer

Narradora escribiendo

Quiero ser narradora… igual que todo el mundo y su primo. Y la prima también. Y no olvidemos a Raymundo. Ni a los puristas que ahora están convulsando. A este respecto estoy considerando que quizás se trate de un asunto de querer y no poder. Quizás mi misión es ser lectora y no escritora. Total, debe haber más lectores que escritores, si no esto sería un club exclusivo en el que nos leeríamos unos a otros y no admitiríamos la intrusión del mundo exterior.

Disculpen la digresión. Durante el 2016 me encontré con una situación anómala: escribí narraciones extensas. Soy fanática de la microficción y comencé por ahí. Incluso, una vez me quejé de que me siento encajonada en la clasificación de microcuentista. Pero este año, hasta escribí una novela corta en tres semanas (espero que nadie piense que es una obra maestra).

O estoy madurando como escritora u ocurre una alineación planetaria extraña.

La maldición de la mención

Parece que la superé. Quizás tenga algo que ver lo poco que participé en certámenes para concentrarme en convocatorias para revistas y antologías. Sin embargo, tampoco sometí muchos textos para este tipo de evento.

Me sorprendo de mí misma porque usaba los concursos como medio de obligarme a escribir. Es decir, me topaba con unas bases que me llamaban la atención. Escribía algún cuento que girara entorno al tema presentado, antes de la fecha de cierre, y lo enviaba. ¿Qué seguía? Una súplica a Yukiyú para que no obtuviera premio que en el 99 % de los casos se me concedía, lo que me daba tiempo para revisarlo. Solo hay un detalle muy pequeño, insignificante en realidad: rara vez lo revisaba con calma. Eso significaba que si encontraba otras bases que parecieran admitir el texto, lo revisaba como pudiera, lo envía y volvía a suplicarle a Yukiyú. ¿Ven el patrón? Me consolaba con que tenía un cuento terminado.

Pero en el 2016 no necesité de bases con temas y fechas límites. Muchos relatos surgieron, así nada más, por generación espontánea. Encima los terminaba aun sin tener fecha límite. No necesito concursos para escribir.

Té de hierbas para la edición | © Mira DeShazer

Té de hierbas para la inspiración | Fotografía de Mira DeShazer

The Year of Editing Dangerously

Lo antes escrito me lleva a pensar que tengo muchos textos sin revisar. Escribir es fácil si se tiene la capacidad o si se quiere. No hay duda de que pertenezco a ese último grupo. No obstante, para mí, la labor más importante de quien escribe es revisar. Reconocer que lo primero que se escribió no sirve y para mejorarlo hay que reescribir, recortar, editar para luego alejarse del texto antes de volver a revisar, reescribir, recortar y editar. Para eso hay que tener babilla, se debe reconocer que uno no es un genio, que ser escritora implica pasar trabajo.

Aspiro a pasar buena parte del 2017 revisando, reescribiendo, recortando y editando. Puede que cree algo original, pero su destino terminará siendo el de lo escrito anteriormente. Quizás así logre publicar un libro decente. O quizás descubra que no tengo la babilla suficiente, que no estoy hecha para ser escritora y me olvide del asunto.

Por todo lo anterior, armada con una tijera y un bolígrafo rojo, he denominado al 2017: The Year of Editing Dangerously (ya sé que debería decir “revising” y no “editing”, pero a veces me paso de optimista).

Historia de un tijeretazo

Tronco con bokeh y sin tijeretazo.

Otra foto que no tiene nada que ver con el tema, pero que combina dos de mis obsesiones fotográficas: los troncos de árboles y el bokeh

Estaba dispuesta a humillarme públicamente y admitir que en los cuatro meses que comprenden de septiembre a diciembre no había hecho nada con “Destino errante”. Ese cuatrimestre fue de espanto: me la pasé resolviendo a última hora más que haciendo y me vi en la obligación de echar a un lado proyectos a los que les quería dedicar tiempo.

Tampoco me ayudó el hecho de que volví a leer la novela y, pues, la verdad es que no la encontré ni siquiera mala, sino malísima. Ya sé que soy ambivalente con respecto a ella: hoy me gusta, mañana no, pero ¿qué le voy a hacer? Ese parecer ser mi sino. Había concluido que era una porquería en cuya redacción había perdido el tiempo. La había archivado con toda la intención de no saber nada más de ella.

Por supuesto que cuando ya había empezado a olvidarme de “Destino errante”, ¡bum!, regresó con fuerza. En estos últimos meses he reescrito el primer acto. Cuando digo reescribir me refiero a todo el tijeretazo al que lo he sometido que me ha obligado a eliminar y a reescribir algunos episodios. Con todo, sigo preguntándome si pierdo el tiempo.

De cinco capítulos y 84 páginas, el primer acto ha disminuido a cuatro capítulos y 38 páginas. Reduje de 8.5 páginas a 5 la primera escena, una de las más importantes, introduje el conflicto mucho antes y me aseguré de que todos los personajes importantes aparecieran o se mencionaran en algún momento durante este acto. Este logro se debe al machetazo que debe describirse como despiadado. Eliminé descripciones, narraciones y detalles superfluos.

El que no haya descripciones de personajes podría ser problemático, pero no me preocupa, escribo como si el lector supiera quiénes son los personajes, cuál es el conflicto y hasta dónde se desarrolla la trama. No es de extrañar si se trata de tres detalles que conozco al dedillo. Puedo anticipar cómo reaccionaría cada personaje si decido añadir una situación nueva. Esto tiene la ventaja de que reduzco muchísima información porque ya la sé, pero puede que un lector se pierda. Qué más da si esta novela la estoy escribiendo para mí,

Otro asunto que he considerado es el trasfondo de los personajes principales, lo que en inglés se conoce como “backstory”. Eliminé episodios completos dedicados a eso y he esparcido la información aquí y allá. He convertido la biografía de los personajes en rompecabezas cuyas piezas un lector deberá descubrir y juntar. Algunas han resultado más grandes que otras y estas últimas están escondidas en parlamentos o acciones, que muy bien podrían escapársele a cualquiera.

También he tenido cuidado con el punto de vista. Noté que caía en tantos personajes que nada quedaba oculto. No soy una escritora realista, no me interesa que mis voces narrativas lo sepan todo y me gustaría lograr cierto grado de ambigüedad, por lo que he sacrificado aquello que entiendo que está demás.

Al parecer lo que necesitaba para encaminarme era dejar de pensar en “Destino errante”, dejar de preocuparme y tomarlo con calma. Justo ahora que a decir verdad ya no me interesa trabajar en la novela. Sé que no importa cuánto tiempo le dedique no será buena, no ganará un certamen ni una editorial la querrá publicar. Literalmente, estoy en medio de un ejercicio en futilidad. Así que veré cuánto me dura esta racha y si pasa rápido, más pronto podré archivarla y olvidarme si quiera que un día intenté escribir una novela.

“Destino errante” en verano

Caricatura que muestra el proceso de escritura de una novela en verano.¿Qué ha pasado con “Destino errante” entre mayo y agosto? Pues, mucho. Parece que “Destino errante” forma parte de mi destino y en estos meses la retomé.

Tampoco es como que haya estado metida de cabeza. En mayo, ni la miré. Todo cambió en junio. Me encontraba en medio de la mudanza cuando di con unos documentos de la novela que no estaban en formato electrónico, decidí que la imprimiría tal y como estaba y jamás adivinarán con lo que me encontré.

En el informe de enero había escrito lo siguiente:

¿Cuál es el saldo? Una novela que es un asco, 25 capítulos, 344 páginas, 5563 párrafos, 96 475 palabras y 440 394 caracteres sin espacios. ¿Cuál es la meta ahora? Descansar en enero y escribir para otros proyectos atrasados; planificar la estrategia a seguir para la segunda versión, lo que incluye un calendario de trabajo; identificar las partes que se reciclarán (escenas, líneas argumentales, etc.); reducir el texto a veinte capítulos y a 250 páginas (máximo 300, aunque el resultado final cae dentro de lo proyectado), y volver a escribir.

Ahí dice 344 páginas, 5563 párrafos, 96 475 palabras y 440 394 caracteres sin espacios, ¿verdad? Pues resulta que la novela motu proprio cambió y me encontré con un texto de 365 páginas, 3550 párrafos, 96 424palabras y 440 169 caracteres sin espacios. Agradeceré qué nadie me pregunte qué rayos pasó. Aumentó en unos sitios, se redujo en otros, pero al menos se mantuvo en 25 capítulos.

Juro que no la toqué. Desde que terminé el primer borrador en enero hasta que la imprimí en junio me dediqué a escribir otros textos, entre los que se encontraba otra novela. No lo voy a negar: escribí otra novela cuyo primer borrador me tomó menos tiempo por ser un proyecto más modesto. Pero de eso hablaré en otro momento. Lo más importante es que no toqué a “Destino errante”, no añadí ni una coma, ni siquiera abrí ningún documento electrónico relacionado con ella hasta junio.

Al final de cuentas, me tomó menos de una semana leerla en su totalidad y otra vez me llevé una sorpresa, lo que provoca que me retracte por enésima vez.

En noviembre había comentado que pasaba por un periodo de síndrome de la página en blanco, pero que ocurrió algo que me llevó a la siguiente conclusión:

Por un momento pensé: “Si mi novela es rosa, ¿por qué no? ¿Por qué no inspirarme en Jane Austen? ¿Por qué no usarla como modelo?” Al final de cuentas es una de mis escritoras favorita. A duras penas faltaban unas 32 horas para que se acabara noviembre y me di cuenta de que he estado escribiendo la novela equivocada.

Iría a terminar esa primera versión de la novela para luego adaptarla al modelo de Austen. Debo reconocer algo: después de releer el primer borrador, me di cuenta de que el modelo ya está incorporado. La novela necesita muchos cambios, muchas revisiones y muchas versiones, pero me parece que el esqueleto funciona. No la voy a reescribir completa, no hace falta. Siempre tuve claro cuál era el punto A y cuál el B, pero pensé que el camino de un punto a otro estaba mal y no es cierto. No es perfecto, pero puede funcionar.

No voy a reescribir la novela, solo tengo que revisarla, refinarla y reducirla. Así que aquello de las 250 a 300 páginas sigue en pie, no así lo de los 20 capítulos: se queda en 25. Aquellos otros puntos A y B que había considerado en noviembre forman parte de otra historia.

Mientras tanto, estoy trabajando en esta. En julio redacté un nuevo borrador en el que dejé establecido el propósito de cada capítulo y preparé los documentos electrónicos de cada uno. Agosto lo dediqué al primer capítulo nada más. Entre que comenzaron las clases, pasé un fin de semana fuera de mi casa en la Ruta del Cuento y trabajé en otros proyectos, solo pude dedicarle tiempo a un capítulo y ni siquiera terminé su revisión. No me preocupo porque es uno de los más importantes y creo que se merece todo el tiempo que pueda dedicarle.

Para los próximos cuatrimestres he planeado trabajar en el resto del primer acto. Con eso nada más tengo bastante pendiente.