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Sobre microcuento, cuento corto o toda narración breve.

Crisis en la cocina

Crisis en la cocina se publico en la Revista Le.Tra.S 4.1

Suspiraron después de pronunciar la palabra final de la novela que habían estado leyendo en voz alta a falta de televisor. La crisis los había dejado en la quiebra. Lo último que quedaba en la despensa eran tres papas, una zanahoria, media cebolla, media pechuga de pollo, un diente de ajo, un suspiro de aceite de oliva, algunas hierbas secas, sal y pimienta y una botella casi completa de jerez.

Ambos se miraron y comenzaron a reír a carcajadas. El restaurante quebró, el “food truck” nunca despegó, estaban a punto de ser desahuciados y tenían tantas deudas que de seguro nunca terminarían de pagarlas. Quizá no sabrían cómo resolverían al día siguiente, pero esa noche aprovecharían los conocimientos adquiridos en la escuela culinaria. Comerían mejor que el coronel del libro que acababan de cerrar.

 

Microficción publicada en Revista Le.Tra.S., vol. 4 no.1, enero-mayo 2017. Se puede leer en http://www.youblisher.com/p/1903542-/.

Ficha de Leyendas épicas españolas

Leyendas épicas españolas

Hice un poco de trampa con el libro que leía para el mes de octubre en el reto mensual de lectura. Se supone que fuera un libro escrito antes de que naciera. Leyendas épicas españolas, recopilación de Rosa Castillo, se registró el año de mi nacimiento, contiene historias surgidas unos cuantos siglos antes, que se modernizaron antes de mi nacimiento, pero se publicó a principios de los 70 y se reimprimió en los 90, para que pudiera comprar el libro.

El libro consta de un prólogo a cargo de Enrique Moreno Báez y veinte leyendas de variada extensión. Hay un intento, no muy exitoso, de acomodarlas en orden cronológico. Esto no afecta el disfrute.

Los textos son típicas leyendas medievales cuyo estilo y vocabulario se ha adaptado al español del siglo XX. Unas son más entretenidas que otras y lo mismo ocurre con la violencia que es bastante explícita.

Para la sensibilidad contemporánea la compilación puede pasar por aburrida, cuentos para niños. Pero para los fanáticos de la literatura medieval constituye un primer acercamiento a leyendas españolas del Medioevo. Y eso siempre es una alegría.

Leyendas épicas españolas es una recopilación que, en estos momentos, va dirigida a un público de aficionados a las leyendas medievales que al público general.

Logo del reto de lectura de 2017

Los jefes Los cachorros

Los jefes. Los cachorros, de Mario Vargas Llosa

Todo lo que ocurre a mi alrededor no ha impedido que continúe con el reto mensual de lecturas. Sí ha impedido que publique las reseñas cuando corresponde. Antes de que termine el mes de mayo, creo conveniente publicar la de abril. Como correspondía a un libro de un autor ganador del Premio Nobel, seleccioné Los jefes. Los cachorros, de Mario Vargas Llosa.

Este pequeño libro está compuesto de dos: Los jefes, una colección de seis relatos, y Los cachorros, una novela corta.

Los jefes se publicó primero en 1959. La calidad de sus textos es variable, aunque no se puede decir que son malos. En ellos se vislumbra al futuro autor de La ciudad y los perros. Hay temas y preocupaciones que luego se explorarán más detenidamente en la novela como los ritos de paso, la búsqueda de la masculinidad a través de la violencia y la mujer como objeto, entre otros.

La novela corta Los cachorros es de 1967 y, en ella, Vargas Llosa continúa explorando ciertos temas que aparecen en La ciudad y los perros, pero de manera más madura a como se tratan en Los jefes. Esto nos permite ser testigos de la evolución como escritor del Nobel peruano. No quiere decir esto que Los cachorros supere la novela, sino que durante la década del 60 Vargas Llosa practicó su oficio de escritor con esmero.

De esta forma, Los jefes. Los cachorros es una manera de tener un encuentro con la buena literatura.

Para el mes de mayo, corresponde leer una biografía o un libro epistolar. Por suerte, hace años, IM me regaló una biografía y esa es la que estoy leyendo.

 

Logo del proyecto Editing Dangerously | © Philip Uglow

2017: The Year of Editing Dangerously

I believe more in the scissors
than I do in the pencil.
Truman Capote

Si algo aprendí en el 2016 es que no todas las personas tienen que ser escritoras. No es una obligación, ni siquiera moral. Habrá a quien simplemente no le interese. También aprendí que no todo el mundo tiene la capacidad de ser escritor. Habrá quien quiera y realmente no puede, y quien no puede, pero tampoco quiere. Por último, también aprendí que de nada sirve querer ser escritor, si no se está dispuesto a pasar el trabajo de editar. Para eso hay que tener babilla. Como todavía estoy deliberando cuál es mi posición como escritora, me propuse que el 2017 sería “the year of editing dangerously” (ya sé que como traductora debería usar la versión en español, pero en inglés suena más peligroso. Apedréenme si quieren).

Maquinilla Olympia con flores | © Valeria Moschet

Instrumento para reescribir | Fotografía de Valeria Moschet

Ensayos académicos

Es cierto que la redacción académica no es creación literaria, pero no quiero cerrarme a la posibilidad de que este sea el único tipo de escrito al que me debería dedicar. En el 2016 produje cuatro “papers”, tres de los cuales se publicaron y el que falta aún no se ha sometido a consideración.
Este tipo de trabajo no se me hace fácil. Requiere mucha investigación. No me quejo; investigar es una de mis pasiones. No obstante, producir el texto puede conllevar meses de búsqueda, lectura, descarte de recursos, redacción, corrección, verificación, corrección, edición y corrección.
Por mi línea de trabajo no me queda más opción que realizar ensayos académicos. Es un requisito, es lo que se espera de mí, me guste o no. Por suerte, lo disfruto.

El mal de la poesía

Me persigue. Y no soy poeta. No. Trato muy mal los poemas pacos que escribo a lo loco. Ni los reviso. Aun así, tengo el descaro de escribir un poemario en una semana. Me parece que la aseveración anterior merece una explicación. Lo habré escrito en tiempo récord, pero llevaba pensando en él casi un año. Se trataba de un sentimiento que tenía que sacarlo del sistema y que aún no estoy lista para tratar en narrativa. En otras palabras, parece que desarrollé sentimientos y no sabía qué hacer con ellos; los vertí en verso y ahora… no sé qué hacer con ellos. Se trata de todo un poemario y me siento incapaz de separar los hermanos poemas. Eso sería una crueldad.

Útiles de oficina para editar | © Stefan Schweihofer

Instrumentos imprescindibles para editar | Fotografía de Stefan Schweihofer

Narradora escribiendo

Quiero ser narradora… igual que todo el mundo y su primo. Y la prima también. Y no olvidemos a Raymundo. Ni a los puristas que ahora están convulsando. A este respecto estoy considerando que quizás se trate de un asunto de querer y no poder. Quizás mi misión es ser lectora y no escritora. Total, debe haber más lectores que escritores, si no esto sería un club exclusivo en el que nos leeríamos unos a otros y no admitiríamos la intrusión del mundo exterior.

Disculpen la digresión. Durante el 2016 me encontré con una situación anómala: escribí narraciones extensas. Soy fanática de la microficción y comencé por ahí. Incluso, una vez me quejé de que me siento encajonada en la clasificación de microcuentista. Pero este año, hasta escribí una novela corta en tres semanas (espero que nadie piense que es una obra maestra).

O estoy madurando como escritora u ocurre una alineación planetaria extraña.

La maldición de la mención

Parece que la superé. Quizás tenga algo que ver lo poco que participé en certámenes para concentrarme en convocatorias para revistas y antologías. Sin embargo, tampoco sometí muchos textos para este tipo de evento.

Me sorprendo de mí misma porque usaba los concursos como medio de obligarme a escribir. Es decir, me topaba con unas bases que me llamaban la atención. Escribía algún cuento que girara entorno al tema presentado, antes de la fecha de cierre, y lo enviaba. ¿Qué seguía? Una súplica a Yukiyú para que no obtuviera premio que en el 99 % de los casos se me concedía, lo que me daba tiempo para revisarlo. Solo hay un detalle muy pequeño, insignificante en realidad: rara vez lo revisaba con calma. Eso significaba que si encontraba otras bases que parecieran admitir el texto, lo revisaba como pudiera, lo envía y volvía a suplicarle a Yukiyú. ¿Ven el patrón? Me consolaba con que tenía un cuento terminado.

Pero en el 2016 no necesité de bases con temas y fechas límites. Muchos relatos surgieron, así nada más, por generación espontánea. Encima los terminaba aun sin tener fecha límite. No necesito concursos para escribir.

Té de hierbas para la edición | © Mira DeShazer

Té de hierbas para la inspiración | Fotografía de Mira DeShazer

The Year of Editing Dangerously

Lo antes escrito me lleva a pensar que tengo muchos textos sin revisar. Escribir es fácil si se tiene la capacidad o si se quiere. No hay duda de que pertenezco a ese último grupo. No obstante, para mí, la labor más importante de quien escribe es revisar. Reconocer que lo primero que se escribió no sirve y para mejorarlo hay que reescribir, recortar, editar para luego alejarse del texto antes de volver a revisar, reescribir, recortar y editar. Para eso hay que tener babilla, se debe reconocer que uno no es un genio, que ser escritora implica pasar trabajo.

Aspiro a pasar buena parte del 2017 revisando, reescribiendo, recortando y editando. Puede que cree algo original, pero su destino terminará siendo el de lo escrito anteriormente. Quizás así logre publicar un libro decente. O quizás descubra que no tengo la babilla suficiente, que no estoy hecha para ser escritora y me olvide del asunto.

Por todo lo anterior, armada con una tijera y un bolígrafo rojo, he denominado al 2017: The Year of Editing Dangerously (ya sé que debería decir “revising” y no “editing”, pero a veces me paso de optimista).

Ficha de la reseña de The Girl Who Sang Rose Madder, de Elizabeth Bear.

The Girl Who Sang Rose Madder, de Elizabeth Bear

La primera novela sobre zombis que leí fue The Scourge, de Roberto Calas, y desde entonces le tengo mucho respeto al subgénero. Soy consciente de que se trata de un tema que, en manos de un mal escritor, podría resultar absurdo o hasta risible. Elizabeth Bear, autora de The Girl Who Sang Rose Madder, se acerca al tema de tal forma que la gran revelación llega sin que el lector se dé cuenta.

Emma Case, cantante de rock retirada, viuda de un cantante suicida, y paciente de cáncer, visita en el camerino antes de un concierto a su hermana Ange y su esposo Graham, otro viejo cantante de rock que se niega a morir. Lo que parece una visita casual y la oportunidad de pisar el escenario otra vez, se convierte en una especie de preludio a una despedida, pero también a una esperanza inimaginable.

En una segunda visita durante un concierto en otra ciudad, Em acepta subirse al escenario, la despedida del público, y descubre la verdad de la aparente longevidad de sus familiares. Le toca a ella decidir si vive para siempre o se somete a tratamientos que no le salvarán la vida.

El tema de escoger entre la vida y la muerte no es nuevo, pero Bear lo trabaja muy bien en este cuento cuya redacción es cuidada, con los detalles conscientemente distribuidos para que no haya efecto de sorpresa final, lo que no impide que la conclusión sea satisfactoria para el lector. Incluso ese detalle está prefigurado desde el título.

The Girl Who Sang Rose Madder se puede leer en la página electrónica de la editorial.

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