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Sobre microcuento, cuento corto o toda narración breve.

Los jefes Los cachorros

Los jefes. Los cachorros, de Mario Vargas Llosa

Todo lo que ocurre a mi alrededor no ha impedido que continúe con el reto mensual de lecturas. Sí ha impedido que publique las reseñas cuando corresponde. Antes de que termine el mes de mayo, creo conveniente publicar la de abril. Como correspondía a un libro de un autor ganador del Premio Nobel, seleccioné Los jefes. Los cachorros, de Mario Vargas Llosa.

Este pequeño libro está compuesto de dos: Los jefes, una colección de seis relatos, y Los cachorros, una novela corta.

Los jefes se publicó primero en 1959. La calidad de sus textos es variable, aunque no se puede decir que son malos. En ellos se vislumbra al futuro autor de La ciudad y los perros. Hay temas y preocupaciones que luego se explorarán más detenidamente en la novela como los ritos de paso, la búsqueda de la masculinidad a través de la violencia y la mujer como objeto, entre otros.

La novela corta Los cachorros es de 1967 y, en ella, Vargas Llosa continúa explorando ciertos temas que aparecen en La ciudad y los perros, pero de manera más madura a como se tratan en Los jefes. Esto nos permite ser testigos de la evolución como escritor del Nobel peruano. No quiere decir esto que Los cachorros supere la novela, sino que durante la década del 60 Vargas Llosa practicó su oficio de escritor con esmero.

De esta forma, Los jefes. Los cachorros es una manera de tener un encuentro con la buena literatura.

Para el mes de mayo, corresponde leer una biografía o un libro epistolar. Por suerte, hace años, IM me regaló una biografía y esa es la que estoy leyendo.

 

Logo del proyecto Editing Dangerously | © Philip Uglow

2017: The Year of Editing Dangerously

I believe more in the scissors
than I do in the pencil.
Truman Capote

Si algo aprendí en el 2016 es que no todas las personas tienen que ser escritoras. No es una obligación, ni siquiera moral. Habrá a quien simplemente no le interese. También aprendí que no todo el mundo tiene la capacidad de ser escritor. Habrá quien quiera y realmente no puede, y quien no puede, pero tampoco quiere. Por último, también aprendí que de nada sirve querer ser escritor, si no se está dispuesto a pasar el trabajo de editar. Para eso hay que tener babilla. Como todavía estoy deliberando cuál es mi posición como escritora, me propuse que el 2017 sería “the year of editing dangerously” (ya sé que como traductora debería usar la versión en español, pero en inglés suena más peligroso. Apedréenme si quieren).

Maquinilla Olympia con flores | © Valeria Moschet

Instrumento para reescribir | Fotografía de Valeria Moschet

Ensayos académicos

Es cierto que la redacción académica no es creación literaria, pero no quiero cerrarme a la posibilidad de que este sea el único tipo de escrito al que me debería dedicar. En el 2016 produje cuatro “papers”, tres de los cuales se publicaron y el que falta aún no se ha sometido a consideración.
Este tipo de trabajo no se me hace fácil. Requiere mucha investigación. No me quejo; investigar es una de mis pasiones. No obstante, producir el texto puede conllevar meses de búsqueda, lectura, descarte de recursos, redacción, corrección, verificación, corrección, edición y corrección.
Por mi línea de trabajo no me queda más opción que realizar ensayos académicos. Es un requisito, es lo que se espera de mí, me guste o no. Por suerte, lo disfruto.

El mal de la poesía

Me persigue. Y no soy poeta. No. Trato muy mal los poemas pacos que escribo a lo loco. Ni los reviso. Aun así, tengo el descaro de escribir un poemario en una semana. Me parece que la aseveración anterior merece una explicación. Lo habré escrito en tiempo récord, pero llevaba pensando en él casi un año. Se trataba de un sentimiento que tenía que sacarlo del sistema y que aún no estoy lista para tratar en narrativa. En otras palabras, parece que desarrollé sentimientos y no sabía qué hacer con ellos; los vertí en verso y ahora… no sé qué hacer con ellos. Se trata de todo un poemario y me siento incapaz de separar los hermanos poemas. Eso sería una crueldad.

Útiles de oficina para editar | © Stefan Schweihofer

Instrumentos imprescindibles para editar | Fotografía de Stefan Schweihofer

Narradora escribiendo

Quiero ser narradora… igual que todo el mundo y su primo. Y la prima también. Y no olvidemos a Raymundo. Ni a los puristas que ahora están convulsando. A este respecto estoy considerando que quizás se trate de un asunto de querer y no poder. Quizás mi misión es ser lectora y no escritora. Total, debe haber más lectores que escritores, si no esto sería un club exclusivo en el que nos leeríamos unos a otros y no admitiríamos la intrusión del mundo exterior.

Disculpen la digresión. Durante el 2016 me encontré con una situación anómala: escribí narraciones extensas. Soy fanática de la microficción y comencé por ahí. Incluso, una vez me quejé de que me siento encajonada en la clasificación de microcuentista. Pero este año, hasta escribí una novela corta en tres semanas (espero que nadie piense que es una obra maestra).

O estoy madurando como escritora u ocurre una alineación planetaria extraña.

La maldición de la mención

Parece que la superé. Quizás tenga algo que ver lo poco que participé en certámenes para concentrarme en convocatorias para revistas y antologías. Sin embargo, tampoco sometí muchos textos para este tipo de evento.

Me sorprendo de mí misma porque usaba los concursos como medio de obligarme a escribir. Es decir, me topaba con unas bases que me llamaban la atención. Escribía algún cuento que girara entorno al tema presentado, antes de la fecha de cierre, y lo enviaba. ¿Qué seguía? Una súplica a Yukiyú para que no obtuviera premio que en el 99 % de los casos se me concedía, lo que me daba tiempo para revisarlo. Solo hay un detalle muy pequeño, insignificante en realidad: rara vez lo revisaba con calma. Eso significaba que si encontraba otras bases que parecieran admitir el texto, lo revisaba como pudiera, lo envía y volvía a suplicarle a Yukiyú. ¿Ven el patrón? Me consolaba con que tenía un cuento terminado.

Pero en el 2016 no necesité de bases con temas y fechas límites. Muchos relatos surgieron, así nada más, por generación espontánea. Encima los terminaba aun sin tener fecha límite. No necesito concursos para escribir.

Té de hierbas para la edición | © Mira DeShazer

Té de hierbas para la inspiración | Fotografía de Mira DeShazer

The Year of Editing Dangerously

Lo antes escrito me lleva a pensar que tengo muchos textos sin revisar. Escribir es fácil si se tiene la capacidad o si se quiere. No hay duda de que pertenezco a ese último grupo. No obstante, para mí, la labor más importante de quien escribe es revisar. Reconocer que lo primero que se escribió no sirve y para mejorarlo hay que reescribir, recortar, editar para luego alejarse del texto antes de volver a revisar, reescribir, recortar y editar. Para eso hay que tener babilla, se debe reconocer que uno no es un genio, que ser escritora implica pasar trabajo.

Aspiro a pasar buena parte del 2017 revisando, reescribiendo, recortando y editando. Puede que cree algo original, pero su destino terminará siendo el de lo escrito anteriormente. Quizás así logre publicar un libro decente. O quizás descubra que no tengo la babilla suficiente, que no estoy hecha para ser escritora y me olvide del asunto.

Por todo lo anterior, armada con una tijera y un bolígrafo rojo, he denominado al 2017: The Year of Editing Dangerously (ya sé que debería decir “revising” y no “editing”, pero a veces me paso de optimista).

Ficha de la reseña de The Girl Who Sang Rose Madder, de Elizabeth Bear.

The Girl Who Sang Rose Madder, de Elizabeth Bear

La primera novela sobre zombis que leí fue The Scourge, de Roberto Calas, y desde entonces le tengo mucho respeto al subgénero. Soy consciente de que se trata de un tema que, en manos de un mal escritor, podría resultar absurdo o hasta risible. Elizabeth Bear, autora de The Girl Who Sang Rose Madder, se acerca al tema de tal forma que la gran revelación llega sin que el lector se dé cuenta.

Emma Case, cantante de rock retirada, viuda de un cantante suicida, y paciente de cáncer, visita en el camerino antes de un concierto a su hermana Ange y su esposo Graham, otro viejo cantante de rock que se niega a morir. Lo que parece una visita casual y la oportunidad de pisar el escenario otra vez, se convierte en una especie de preludio a una despedida, pero también a una esperanza inimaginable.

En una segunda visita durante un concierto en otra ciudad, Em acepta subirse al escenario, la despedida del público, y descubre la verdad de la aparente longevidad de sus familiares. Le toca a ella decidir si vive para siempre o se somete a tratamientos que no le salvarán la vida.

El tema de escoger entre la vida y la muerte no es nuevo, pero Bear lo trabaja muy bien en este cuento cuya redacción es cuidada, con los detalles conscientemente distribuidos para que no haya efecto de sorpresa final, lo que no impide que la conclusión sea satisfactoria para el lector. Incluso ese detalle está prefigurado desde el título.

The Girl Who Sang Rose Madder se puede leer en la página electrónica de la editorial.

Logo del reto de lectura de 2016

Cambio de planes; me publicaron

Lo tenía todo preparado para una de mis actividades favoritas: quejarme. Sin embargo, me he visto obligada a enfrentar un cambio de planes. La historia es la siguiente.

Como recordarán, llevo algún tiempo tratando de hacerme un nombre como escritora –treinta años muy tarde, debo añadir–, no obstante, sigo pa’lante aunque el asunto camine bastante lento. He sometido textos narrativos a todo tipo de convocatoria para certámenes o para publicar en revistas o antologías con resultados predecibles: pocas publicaciones y pocos premios, principalmente menciones.

En ese proceso, descubrí una de tantas revistas especializadas en publicar cuentos, Visor. Para cada número, abren una convocatoria y ya he sometido a cuatro.

El escribir un cuento, someterlo y esperar a que no pase nada se había convertido en un pasatiempo. Incluso tengo una carpeta con textos para convocatorias futuras. Visor es una revista de calidad. No publica cualquier cosa. Este semestre he asignado algunos de sus cuentos y hay estudiantes que me han comentado cuán buena es y que no publica porquerías. Por lo tanto, no esperaba que me publicaran.

Esa última es la razón por la que me iba a quejar. Había preparado una entrada para el blog en la que hablaría de mi experiencia con Visor y terminaría admitiendo que pensaba seguir sometiendo textos a sus convocatorias porque me da una motivación para terminar una historia y porque me parecer divertido. Sin embargo, un buen día recibí la siguiente comunicación:

La carta que me llevó a un cambio de planesDebí haberme imaginado que algo andaba mal, por decirlo de algún modo, porque días antes me habían comunicado que me publicarían en otra revista electrónica. La revista Le.Tra.S. de la Universidad Metropolitana en Bayamón abrió una convocatoria para un número dedicado a los narradores puertorriqueños, sometí dos narraciones (una micro y otra breve) y decidieron publicar “Entre paellas y vecinos” que apareció originalmente en Mundillo: Te contamos historias de mujeres (el enlace lleva a la tienda electrónica donde lo venden).

Portada de MundilloAhora resulta que formo parte del grupo de narradores puertorriqueños y me siento rara por eso. Sobre todo, porque parece que los de Visor piensan lo mismo. Y toda esta racha de buena suerte me ha obligado a cambiar los planes originales de escribir una entrada para quejarme. ¿Cómo podría?

Las lecturas del 2015

En el 2016 me dediqué a leer. Las lecturas fueron de todo tipo y, sin embargo, estoy muy molesta. Lo explico a continuación:

Las lecturas del 2015.

Las lecturas del 2015

Las lecturas del 2015

El recuento de lo leído el año pasado refleja un total 61 libros, es decir, 7750 páginas. Leí un libro más que el año anterior lo cual tiene mucha lógica si nos dejamos llevar por los sucesos pasados durante esos doce meses. No obstante, aparece como si cada año leyera un número de páginas menor. Creo que tiene que ver con la cantidad cada vez más elevada de libros electrónicos que incluyo entre las lecturas.

El género más leído fue el del cuento, seguido de la novela, al que corresponde el libro con mayor número de páginas, Moby Dick de Herman Melville (una maravilla, por cierto). No es de extrañar dado que la narrativa es mi género literario favorito. En cuanto a poesía solo leí un libro. Eso no significa que no haya leído muchos poemas. Sueltos, demasiados y dos manuscritos, pero esos no cuentan.

Libros que provinieron del tarro

Libros que provinieron del tarro

Nueve de los libros leídos corresponden al reto del tarro de libros. El tarro contiene 192 libros. Es imposible leerlos en un solo año y más con todas los demás lecturas que hago para mi trabajo. Espero aumentar la cantidad final este 2016.

Acostumbro a leer por placer en inglés por lo que la mayoría de los libros, 33, fueron escritos originalmente en ese idioma. Esta es la razón por la que Rusty Fischer es el autor más leído. Ni siquiera es mi favorito, es que sus textos son lecturas fáciles, además es muy prolífico y tengo de dónde escoger. Sin embargo, el que sí está a punto de convertirse en mi favorito es Roberto Calas. Su saga The Scourge es fantástica. Jamás imaginé que pagaría por leer historias de zombis.

De otra parte, leí tres traducciones lo que implica que 25 libros estaban escritos en español. De ellos, diez correspondieron a ocho autores puertorriqueños. De dos de ellos leí dos libros. También leí dos libros en donde publicaron cuentos de mi autoría.

Molesta, muy molesta

Las lecturas de enero de 2015.

Diez libros en un mes. Nada mal…

Si todo parece estar bien, ¿cuál es la razón de mi molestia?

Comencé el año bien. Al terminar enero, ya había leído diez libros. En un mundo ideal, ese simple hecho hubiera establecido la norma para cada mes y el número final hubiera sido de 120. Pero me hubiera visto en la necesidad de dejar de vivir para llegar a esa meta.

De todos modos, iba por buen camino. Para el 30 de junio, justo a mitad de año, llevaba 32 libros. A ese ritmo iría a cumplir con la menta para el año y hasta la superaría, lo cual ocurrió.

Las lecturas de seis meses.

Treinta y dos libros en seis menes. Muy bien…

Durante las vacaciones de verano leí bastante por una de esas cosas de la vida. El 15 de mayo me operaron el pie izquierdo y debí guardar reposo absoluto. Salvo el hecho de que me fui de viaje en dos ocasiones durante la convalecencia y de que buena parte del tiempo estaba bajo fuertes medicamentos, aproveché para leer y leer y leer.

Pero ni siquiera eso logró que concluyera el año con un número múltiplo de cinco. 61 libros. ¡Maldito uno!

Lucharé con todas mis fuerzas para que no vuelva a ocurrir en años venideros.

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