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Porque la vida a veces tiene cada cosa…

En la torre de marfil entre riquilladas y trumpadas

Torre de marfil o The Ivory Tower | © Daniel Parks

“The Ivory Tower”, por Daniel Parks

Soy una habitante antigua de la torre de marfil y lo acabo de descubrir. Sin embargo, las riquilladas y las trumpadas hacen que mi experiencia allí sea muy difícil.

Es de todos conocidos mi tendencia al escapismo y mi ferviente deseo misántropo. Pero recientemente me topé con la definición de “torre de marfil” en el Diccionario de la Lengua Española y me sorprendí:

1. f. Aislamiento e indiferencia de alguien, especialmente de un artista o intelectual, ante la realidad y los problemas del momento.

Esta definición me describe a la perfección:

  • “Aislamiento e indiferencia de alguien”. Ese alguien soy yo que no vivo literalmente aislada, pero sí metafóricamente.
  • “especialmente de un artista o intelectual”. Trabajo en la academia, así que supongo que soy intelectual.
  • “ante la realidad y los problemas del momento”. He ahí el detalle: me he aislado del mundo no por mi trabajo, sino por decisión propia. La vida me abruma, ¿qué puedo decir?

La RAE podría sustituir la definición con mi fotografía. Solo que… (siempre hay un pero), no me aíslo por gusto, sino por necesidad. Ojalá mi caso fuera el que J. M. Mulet presenta en El síndrome de la Torre de Marfil:

Es lo que tiene el trabajo científico, fácilmente te desconecta de la realidad y te mete en una torre de marfil que te vas construyendo a tu alrededor.

En el mundo académico e intelectual también es fácil desconectarse. Tengo varios vecinos a quienes no les vendría mal un desahucio temporero. Y, sin embargo, yo hubiera preferido no vivir aquí. Mucho menos en estos tiempos.

Seamos honestos: en estos momentos se no cae el país encima. ¡Qué digo el país! El mundo.

No es fácil vivir en la época de las riquilladas y las trumpadas con una junta dictatorial de por medio. No es fácil ver cómo quieren destruir el país, vaciarlo de su gente, destruir la educación pública tanto escolar como universitaria, su débil sistema de salud, y privatizarlo absolutamente todo. Y mejor no hablemos del Trumpo que se ha propuesto que Occidente debe retrasar el reloj de la historia.

Y en ambos casos, a la mayoría no le importa.

Aunque quiera refugiarme en la torre de marfil, se me hace imposible. Las noticias llegan, y con ellas la realidad de que posiblemente en mayo será la última vez que dicte una clase en el sistema de la UPR; de que no tendré con qué pagar un plan médico, la hipoteca, el préstamo del autor o la compra para subsistir un día más… La realidad de que seguramente me vea en la obligación de emigrar.

Por lo pronto, vivo un día a la vez para evitar que la realidad termine abrumándome, de que las riquilladas y las trumpadas destruyan el planeta. Eventualmente, ninguna cantidad de litio o de terapias de electrochoque será suficientes para sacarme del abismo si caigo en él. Ya estuve ahí y no quiero volver.

Pero, por el otro lado, no puedo escapar del mundanal ruido, ni siquiera para conservar mi salud mental. Aunque viva en la torre de marfil, tengo un deber moral, así sea por quienes se queden en el país cuando me mude a otra torre. Algo haré, si bien sea poco.

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Logo del proyecto Editing Dangerously | © Philip Uglow

2017: The Year of Editing Dangerously

I believe more in the scissors
than I do in the pencil.
Truman Capote

Si algo aprendí en el 2016 es que no todas las personas tienen que ser escritoras. No es una obligación, ni siquiera moral. Habrá a quien simplemente no le interese. También aprendí que no todo el mundo tiene la capacidad de ser escritor. Habrá quien quiera y realmente no puede, y quien no puede, pero tampoco quiere. Por último, también aprendí que de nada sirve querer ser escritor, si no se está dispuesto a pasar el trabajo de editar. Para eso hay que tener babilla. Como todavía estoy deliberando cuál es mi posición como escritora, me propuse que el 2017 sería “the year of editing dangerously” (ya sé que como traductora debería usar la versión en español, pero en inglés suena más peligroso. Apedréenme si quieren).

Maquinilla Olympia con flores | © Valeria Moschet

Instrumento para reescribir | Fotografía de Valeria Moschet

Ensayos académicos

Es cierto que la redacción académica no es creación literaria, pero no quiero cerrarme a la posibilidad de que este sea el único tipo de escrito al que me debería dedicar. En el 2016 produje cuatro “papers”, tres de los cuales se publicaron y el que falta aún no se ha sometido a consideración.
Este tipo de trabajo no se me hace fácil. Requiere mucha investigación. No me quejo; investigar es una de mis pasiones. No obstante, producir el texto puede conllevar meses de búsqueda, lectura, descarte de recursos, redacción, corrección, verificación, corrección, edición y corrección.
Por mi línea de trabajo no me queda más opción que realizar ensayos académicos. Es un requisito, es lo que se espera de mí, me guste o no. Por suerte, lo disfruto.

El mal de la poesía

Me persigue. Y no soy poeta. No. Trato muy mal los poemas pacos que escribo a lo loco. Ni los reviso. Aun así, tengo el descaro de escribir un poemario en una semana. Me parece que la aseveración anterior merece una explicación. Lo habré escrito en tiempo récord, pero llevaba pensando en él casi un año. Se trataba de un sentimiento que tenía que sacarlo del sistema y que aún no estoy lista para tratar en narrativa. En otras palabras, parece que desarrollé sentimientos y no sabía qué hacer con ellos; los vertí en verso y ahora… no sé qué hacer con ellos. Se trata de todo un poemario y me siento incapaz de separar los hermanos poemas. Eso sería una crueldad.

Útiles de oficina para editar | © Stefan Schweihofer

Instrumentos imprescindibles para editar | Fotografía de Stefan Schweihofer

Narradora escribiendo

Quiero ser narradora… igual que todo el mundo y su primo. Y la prima también. Y no olvidemos a Raymundo. Ni a los puristas que ahora están convulsando. A este respecto estoy considerando que quizás se trate de un asunto de querer y no poder. Quizás mi misión es ser lectora y no escritora. Total, debe haber más lectores que escritores, si no esto sería un club exclusivo en el que nos leeríamos unos a otros y no admitiríamos la intrusión del mundo exterior.

Disculpen la digresión. Durante el 2016 me encontré con una situación anómala: escribí narraciones extensas. Soy fanática de la microficción y comencé por ahí. Incluso, una vez me quejé de que me siento encajonada en la clasificación de microcuentista. Pero este año, hasta escribí una novela corta en tres semanas (espero que nadie piense que es una obra maestra).

O estoy madurando como escritora u ocurre una alineación planetaria extraña.

La maldición de la mención

Parece que la superé. Quizás tenga algo que ver lo poco que participé en certámenes para concentrarme en convocatorias para revistas y antologías. Sin embargo, tampoco sometí muchos textos para este tipo de evento.

Me sorprendo de mí misma porque usaba los concursos como medio de obligarme a escribir. Es decir, me topaba con unas bases que me llamaban la atención. Escribía algún cuento que girara entorno al tema presentado, antes de la fecha de cierre, y lo enviaba. ¿Qué seguía? Una súplica a Yukiyú para que no obtuviera premio que en el 99 % de los casos se me concedía, lo que me daba tiempo para revisarlo. Solo hay un detalle muy pequeño, insignificante en realidad: rara vez lo revisaba con calma. Eso significaba que si encontraba otras bases que parecieran admitir el texto, lo revisaba como pudiera, lo envía y volvía a suplicarle a Yukiyú. ¿Ven el patrón? Me consolaba con que tenía un cuento terminado.

Pero en el 2016 no necesité de bases con temas y fechas límites. Muchos relatos surgieron, así nada más, por generación espontánea. Encima los terminaba aun sin tener fecha límite. No necesito concursos para escribir.

Té de hierbas para la edición | © Mira DeShazer

Té de hierbas para la inspiración | Fotografía de Mira DeShazer

The Year of Editing Dangerously

Lo antes escrito me lleva a pensar que tengo muchos textos sin revisar. Escribir es fácil si se tiene la capacidad o si se quiere. No hay duda de que pertenezco a ese último grupo. No obstante, para mí, la labor más importante de quien escribe es revisar. Reconocer que lo primero que se escribió no sirve y para mejorarlo hay que reescribir, recortar, editar para luego alejarse del texto antes de volver a revisar, reescribir, recortar y editar. Para eso hay que tener babilla, se debe reconocer que uno no es un genio, que ser escritora implica pasar trabajo.

Aspiro a pasar buena parte del 2017 revisando, reescribiendo, recortando y editando. Puede que cree algo original, pero su destino terminará siendo el de lo escrito anteriormente. Quizás así logre publicar un libro decente. O quizás descubra que no tengo la babilla suficiente, que no estoy hecha para ser escritora y me olvide del asunto.

Por todo lo anterior, armada con una tijera y un bolígrafo rojo, he denominado al 2017: The Year of Editing Dangerously (ya sé que debería decir “revising” y no “editing”, pero a veces me paso de optimista).

El 2016 en libros

Siempre me quejo de que leo poco. Me parece que para alguien que enseña literatura debería leer más. Por eso me llaman la atención los retos de lectura. Me han permitido contabilizar cuántos libros leo y de qué tipo. A partir de los resultados de los cuatro años anteriores, me propuse que para el 2016 leería 60 libros. No me fue tan mal. El 2016 en libros se resume en sesenta y cinco.

Collage de los libros leídos en 2016

Los libros del 2016

Los datos, la parte aburrida, son los siguientes:

  • 38 libros electrónicos, 26 en papel y 1 blog.
  • 17 libros de autores puertorriqueños.
  • 35 libros en español, 25 en inglés y cinco traducciones.
  • El género literario más leído fue la novela, seguido del teatro, luego el cuento y, por último, el ensayo.
  • 8,846 páginas leídas, que no incluyen la mayoría, que correspondería a los libros electrónicos.
  • El libro más extenso fue el Decamerón, versión impresa, y el más corto, The Girl Who Sang Rose Madder (uno de mis favoritos), versión electrónica.
  • El libro puertorriqueño más extenso fue Sandino: La última “Guerra Bananera”: La Guerra Constitucionalista 1926-1927 (Vol. I), que si juntamos el segundo volumen sumarían 772 páginas, y el más corto, El español de Puerto Rico: Historia y presente, cuya autora era española, pero el tema no es más boricua porque no es posible.

Este año, dediqué mucho tiempo a leer ciencia ficción y los clásicos, sobre todo, de la literatura española. También descubrí literatura de excelencia junto a unos textos terribles, que me han hecho reconsiderar la pertinencia de publicar mi libro. No leí durante buena parte de septiembre, nada en el mes de octubre y casi un mes, repartido entre noviembre y diciembre. No obstante, la mayoría de las lecturas se llevaron a cabo durante la segunda mitad del año.

Collage de los libros del tarro leídos en 2016

Los libros que corresponden al reto del tarro

La totalidad de los libros que salieron del tarro nos es patética porque el primer año solo leí uno. Esta vez número fue cinco, porque el sexto apenas lo he comenzado. De hecho, al concluir el año me restaban dos libros por terminar: Feminisms, del que me falta leer 1057 páginas de 1207, y Amadís de Gaula, de que ya comencé el tercer libro, así que superé la marca del 50 %.

Reto de lectura mensual (espero personalizarlo)

Reto de lectura mensual

¿Qué espero para el próximo año? Reincidiré en la meta de los 60 libros, continuaré con el reto del tarro y añadiré un reto de lectura mensual personalizado. Queda claro que no me gusta complicarme la vida.

Logo del reto de lectura de 2016

Casi ganadora, o la culpa es del tío Nobel

Pared con autorretrato, con el efecto "Art exhibition on the wall" de LoonaPixDe niña, veía el programa del tío Nobel. Él tenía una forma muy particular de elevar la autoestima de la grey infantil: no había perdedores, sino casi ganadores. Las intenciones eran muy buenas; las consecuencias desastrosas. No hay nada peor que ser casi ganadora. Lo sé por experiencia.

Por lo menos, cuando se es un perdedor, todo el mundo lo reconoce y no hay nada más que hacer. Lo mismo ocurre con el ganador, que se reconoce enseguida porque nadie alberga dudas sobre su valía. Sin embargo, ser un casi ganador es horrible porque ni se es perdedor ni ganador, o sea, se es muy bueno para perder, pero muy malo para ganar.

Soy una casi ganadora. Tuve que vivir el 2016, un año de altas y bajas, para darme cuenta. No soy perdedora, no soy ganadora, soy casi ganadora. Demasiado buena para ser perdedora, demasiado mala para ser ganadora. Justo el mismo medio.

En retrospectiva, los ejemplos abundan a lo largo de mi vida. Me gradué de la escuela superior con medalla de honor. La de alto honor le correspondió a una estudiante que solo asistió al colegio durante el último año. Resulté ser muy buena como para no obtener medallas, pero muy mala para el más alto de los honores, que le tocó a un agente externo.

Tuve la dicha de graduarme cum laude de mi bachillerato. Demasiado buena para graduarme como la mayoría de mis compañeros, pero no tanto como para ser magna o summa cum laude.

¿Me gané una beca especial? Solo me dieron la mitad (juro que no bromeo). ¿Obtengo un premio en cualquier certamen literario? Es una mención. ¿Logré el trabajo perfecto? O ni siquiera lo empiezo o cierran la plaza o la oficina a los pocos meses (hay uno que todavía lloro).

Soy casi ganadora en los proyectos que inicio: traducción, fotografía, escritura, belly dance, blogueo, dibujo y pintura, atletismo, cocina, educación superior, edición y otros que a nadie incumben. No hablo de los pocos que me salen bien, para no salarlos.

¿Por qué hablo de esto? El 2016 fue un mal año y, como todos, quería que se acabara. No obstante, las malas noticias llegaron acompañadas de igual cantidad de buenas nuevas. Fue así cómo descubrí que soy una casi ganadora. Solo puedo concluir que el tío Nobel dañó mi vida: me dio la esperanza de no ser una perdedora, pero me condenó a nunca ganar.

P.D.: Por si se pregunta, asistí a la grabación del programa del tío Nobel en una gira de la escuela. No recuerdo si fui una de las dos alumnas seleccionas para elegir quién ocuparía el puesto de copilota. Pero no importa, porque, de haber sido una, terminé siendo la casi ganadora.

Saliendo de Puerto Rico hacia Queens

Queens 2015: #TBT

Fui a presentar un trabajo en el XVII congreso de la Aitenso “El teatro clásico en su(s) cultura(s): De los Siglos de Oro al siglo XXI”, que se celebró en el Queens College de Nueva York. Contrario a mis viajes anteriores, que me hospedé en Brooklyn o en Manhattan, esta vez, lo hice en el mismo Queens. Era hora de un cambio, ¿no?

Debo adelantar que las fotos en este viaje dejan mucho que desear. El sol otoñal puede ser inmisericorde y muchas actividades resultaron nocturnas porque anochece temprano. Aun así, hay algunas rescatables.

20 de octubre de 2015

Partimos de SJU a JFK relativamente temprano. Nos esperaba una buena porción del día para pasear alrededor del hotel y asistir a la primera actividad del congreso: la primera plenaria en la American Society, un lugar hermoso.

21 de octubre de 2015

El primer día de las sesiones concurrentes nos levantamos temprano porque la distancia entre el hotel y el Queens Hall, donde se llevarían a cabo las actividades, era bastante larga en autobús. El día estaba hermoso, aunque muy frío para mi gusto. A la hora de almuerzo, fuimos a la biblioteca Benjamin S. Rosenthal para una bienvenida oficial de parte de Félix Matos Rodríguez, presidente del Queens College que resultó ser boricua.

Esa noche fuimos al Repertorio Español a ver su presentación de la obre El Quijote. Fue una experiencia interesante. Después, durante la cena, me senté al lado de Margaret Greer. Tuve un episodio de “intelectual fangirling”.

22 de octubre de 2015

Este día, correspondió a la presentación de mi ponencia por la mañana. Hablé sobre el teatro de Ana Caro y sor Juana Inés de la Cruz. ¿Dije que la moderadora era mexicana? Resulta que el panel estaba dedicado a sor Juana y las tres panelistas nos enteramos de la posición sacra que goza o padece, dependiendo cómo se vea, la figura de la jerónima luego de la publicación de Sor Juana Inés de la Cruz y las trampas de la fe, por parte de Carlos Fuentes, en el hispanismo mexicano. Por la noche, fuimos a la Hispanic Society of America para la segunda plenaria.

23 de octubre de 2015

El último día del congreso asistimos a las sesiones de la mañana, pero luego nos fuimos a Manhattan. Era la única oportunidad para hacerlo. Visitamos el monumento nacional del 11 de septiembre, no así el museo, aunque sí el museo del indio americano, caminamos por el Greenwich, almorzamos en Saigon Market, paseamos, compramos y regresamos a Queens s disfrutar de su vida nocturna, lo cual es irónico. Ya verán por qué.

24 de octubre de 2015

Una vez comenté que la comida china no es mi favorita. Pero, al estar casada con Wu Siumán, es parte de mi dieta. Por lo general, cuando viajo, los barrios chinos llegan hasta mí, como pasó en esta ocasión. El hotel quedaba ubicado en pleno barro chino de Flushing en Queens, el más grande de Nueva York (doy fe de ello). No me voy a quejar porque tenían una extensa variedad de restaurantes de muchos lugares de Asia, así que pude comer diferente durante mi estadía. De todos modos, nos pareció justo que paseáramos por la zona de día y eso hicimos antes de regresar a Puerto Rico.

Hacía tiempo que no participaba de un congreso fuera de Puerto Rico y fue una pena que no se presentara la oportunidad durante el 2016. Disfruté mucho este viaje y me alegro de haber visto una parte de Nueva York que desconocía. Espero que haya más viajes de estos en el futuro.