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De vez en cuando, revelo alguna que otra cosilla.

Adicta a las bebidas frías: Una confesión

YO: Buenas noches. Me llamo Maite…

REUNIÓN: Hola, Maite.

YO: Y soy adicta a las bebidas frías.

REUNIÓN:

Gasps in Spanish

YO: Me di cuenta por culpa de María. Verán: Llevábamos varios días sin electricidad y bebía agua a temperatura ambiente o bebidas templadas. Una tarde, después de hacer una fila, entré a una formación y me dirigí a las neveras. Lo que pasó fue muy vergonzoso.

VOCES VARIAS: “¡Oh no!”, “Me imagino”, “Acaba y cuenta”, “Ay, bendito, pobrecita”, “¡Quién la manda!”, “Lo que sea no me lo creo”, “Jum”…

YO: Allí estaba: Una botella plástica, llena de una bebida carbonatada, colorante y aspartame…

REUNIÓN:

Guácatelas bebidas frías

VOZ DISIDENTE: No sé cuál es el problema. Es cuestión de acostumbrarse al sabor.

YO: Se veía gloriosa. Enseguida la agarré, la abrí y comencé a beberla. Dejé que bajara por la garganta, feliz y fría, y que de allí se distribuyera a todos los rincones de mi cuerpo hasta que saliera a borbotones por los poros… Cuando abrí los ojos, me encontraba tumbada en el suelo y con una sensación de satisfacción inexplicable. Los empleados y clientes me miraban desde el disgusto a la alegría. He vuelto otras veces, pero la sensación no ha sido igual que la primera vez.

VOZ DESCARNADA: Eso no te hace adicta a las bebidas frías.

YO: Es que aún no he terminado. Entré a una sucursal de una cadena de restaurantes y, a punto de ordenar, me percato de un sonido parecido al del hielo. Mi corazón comenzó a palpitar: “¿Están sirviendo el refresco con hielo?”, dije con mal disimulada calma. “Sí”, la chica contestó con su sonrisa de trabajo. “¡Dame solo refresco! Olvídate de la comida”, le grité histérica. La pobrecita accedió asustada y me entregó el vaso con miedo. Demás está decir que se repitió la escena de la farmacia. Cuando abrí los ojos, supe que lo mío con las bebidas frías es una adicción.

VOCES VARIAS: “Yo sabía”, “Igual que yo”, “¡Dito!”, “Sí, Pepe”, “Ay, a mí me pasó lo mismo”…

VOZ DISIDENTE: Lo mío con el diesel, eso sí es adicción.

YO: Llevo una semana sin beber una bebida fría.

REUNIÓN:

Aplausos por las bebidas frías

YO: Oigan, ¿aquello que está allá atrás, junto a los sandwichitos de mezcla, es una neverita con hielo?

REUNIÓN: ¡Agárrenla! Ya pa’ qué…

Tenderete público

Estoy lavando ropa a mano. Sí, a mano. Por eso en par de ocasiones he tendido la ropa en la acera del frente, un espacio público que solo yo he profanado,

Tendedero para el tenderete públicoColoco el tendedero plegable en la acera frente al balcón donde me la paso la mayor parte del tiempo. Le cae luz solar todo el día (por eso extrañaré la sombre del ficus). Corre una brisa que contribuye a que el proceso de secado se acelere. Sin embargo, ni el sol ni el aire son las razones para hacer público mi tenderete. Quiero que el mundo, es decir, mis vecinos, sean testigos de mi trabajo

¿Ya dije que estoy lavando ropa a mano?

Que nadie me imagine con la sonrisa de una ama de casa satisfecha. No me gusta lavar ropa, ni siquiera a máquina. En mi mundo ideal, sacaría el jampel o cesto de ropa sucia una vez a la semana como se hace con la basura. De madrugada, vendría un camión a llevársela y la devolvería la semana en par de días lavada, olorosa a primavera artificial, secada y doblada.

No es difícil imaginar que en el pasado he comprado ropa nueva con tal de no lavar la sucia. Sé que no soy la única, pero la frecuencia es vergonzosa.

Gracia a María me he visto en la obligación de lavar a mano. Podría dejar que Wu Siumán se encargara, pero su idea es mojar la ropa con un poco de jabón, enjuagar y tender. La perfeccionista que escribe no puede tolerar semejante blasfemia. He adoptado el rol de la lavandera oficial de la familia.

Lavar a mano como modo de vida

Mi mamá conocía a una mujer que solo usaba ropa de telas finas. Cuando llegaba a su casa, se metía a la ducha vestida y, en una especie de dos por uno íntimo, se duchaba y lavaba su ropa a mano. Lo intenté una vez. No solo me sentí ridícula, sino que la experiencia no ayudó a mejorar mi percepción sobre lavar ropa en general.

Conocí a alguien que nunca compraba una pieza de ropa en mahón o mezclilla. Como lavaba a mano, prefería telas livianas como el algodón. Ni lo intenté. Me gustan mucho los mahones. Además, para que funcione hay que lavar a mano cada día, convertir la empresa en un modo de vida. Si se le añade el compromiso que conlleva lavar piezas grandes como toallas o el juego de cama, se explica por qué no he adoptado dicha costumbre. Hasta ahora.

Gracias, María, pero no

Ahora lavo a mano todos los días, aunque no me guste. Por eso, después de pasar por el suplicio de lavar hasta las toallas, me parece apropiado que los vecinos vean el fruto de mi trabajo.

Esa es la razón por la que mi tenderete ha sido público. Para que todos sean testigos de mi sacrificio.

Limonada

Vaso de limonada frescaHa hecho calor… mucho calor. Beber agua es una manera para combatirlo, pero a veces hay que cambiar. Por eso intenté preparar una limonada.

Mi historia con las limonadas es bastante triste: por más que lo intentara, no lograba preparar una que combine las cantidades perfectas de agua, azúcar y zumo de limón. O quedaba demasiado dulce o resultaba demasiado agria.

No ayuda mi autoestima que hace unos años se pusieron de moda unos quioscos que vendían un envase de 32 onzas de pura maravilla limonera, preparada al momento. No importaba al que fuera, siempre quedaba perfecta. Ya no se ven tantos por ahí, así que me toca preparar la mía.

Decidí recurrir a la Internet. Si mi limonada no queda bien, la red lo logrará por mí. Buscando y buscando, me encontré con la versión de Elise Bauer en Simply Recipes. La receta se llama “Perfect Lemonade”, es decir, la limonada perfecta. Con eso tuve para adoptarla (eso, e intentar varias otras fallidas).

Ingredientes

  • ¾ a 1 taza de azúcar
  • 4 tazas de agua
  • 1 taza de zumo

Limones recién esprimidos

Procedimiento

  1. Comenzar con el jarabe o sirop. Colocar una taza agua y el azúcar en una olla pequeña, llevar hervir e inmediatamente bajar a fuego lento. La receta original utiliza azúcar blanca granulada, yo acostumbro a usarla sin refinar. También uso una medida de 2/3 taza de azúcar. Recomiendo experimentar con la receta en varias ocasiones hasta llegar al dulzor deseado.
  2. Mover hasta que el azúcar se disuelva y retirar del fuego. Aproximadamente unos 20 minutos.
  3. Cítricos para la limonadaEste es buen momento para extraer el zumo. ¿De qué? Eso depende de las preferencias. Una limonada debería consistir solo de limones, pero esta receta funciona muy bien con limas, cuyo sabor es más fuerte (mi versión favorita). Otra opción es mezclar limas y limones, e incluso hacer un refresco de cítricos al añadir el zumo de una china o naranja. Lo importante es lograr una taza de zumo.
  4. Verter el zumo y el jarabe de azúcar en un envase de 32 onzas. Recordar que el jarabe debería estar tibio, pero hay que usar la precaución porque podría estar caliente.
  5. Añadir el resto del agua. Aquí tampoco estaría mal experimentar un poco, por si se quiere más concentrado o más aguado. Se añade más o menos agua, dependiendo el gusto.
  6. Mezclar y refrigerar entre 30 a 40 minutos. No hay ningún problema con dejarlo más tiempo.
  7. Agitar un poco antes de servir sobre hielo, si así se desea.
  8. Es opcional adornar una vez servido. Se puede usar: rodajas de limón o lima, ramos de alguna hierba aromática como hierbabuena, menta o romero, un pedazo de fresa, una cereza…

Limonada recién preparada

Después de mucha experimentación, llegué a las cantidades perfectas para mi familia: a mí me gusta en el lado dulce; a Wu Siumán, en el agrio. Gracias a esta receta logré un término medio y, además, combatimos el calor.

No es que sea antipática… Una confesión

No lo puedo negar, soy antipática. No es que quiera serlo; es que carezco de destrezas sociales y, salvo situaciones en las que me sienta muy cómoda, por lo general, evito cualquier interacción social fuera de lo acostumbrado. Pero hay algo que me gustaría dejar claro: Hay dos razones adicionales por las que aparento ser antipática.

No soy antipática, bueno, sí, pero no

Heme ahí sin saludar a nadie

Primera: No veo bien

Los espejuelos podrán ser nuevos y aun así no veo bien. Me ha ocurrido que se me paran al lado personas a las que conozco y no las reconozco. En un caso como este, no es que quiera ser antipática es que no veo nada.

Segunda: No sé si la persona quiere que la salude

Este es uno de los aspectos de la interacción social que menos entiendo. De hecho, ya había hablado sobre el tema con anterioridad, Conozco alguien porque nos presentaron, lo tengo de frente, lo reconozco, lo saludo y me vira la cara o se hace el desentendido.

Desde que entré a la universidad, he pasado por esta situación una y otra y otra vez. Con compañeros estudiantes, profesores fuera del salón de clases, compañeros de trabajo, el repostero de la panadería de la esquina, antiguos estudiantes, conocidos y la lista continúa. Desconozco cuál es la norma social que rige este tipo de interacciones y, en demasiadas ocasiones, la he roto al saludar a quien no quería reconocer mi presencia (tan solo para que en otro momento aleatorio me salude como si fuéramos íntimos).

He optado por la solución que más se acerca a mi personalidad. No saludo. A menos que reconozca a la persona y esté 100 % segura de que me devolverá el saludo, no la voy a saludar. No pido que se siente a hablar conmigo o que me abrace, solo pretendo una interacción tipo “Hola-Hola”, “Buenos días-Buenos días” o un movimiento de cabeza. Ya. Entiendo que eso es un saludo. Eso es todo. Pero la experiencia me ha llevado a ni siquiera intentarlo.

Así que sí, soy antipática porque el mundo me hizo así. Salúdenme si quieren y si no, siéntanse en la libertad de actuar como si no existiera.

Palo si bogo, palo si no bogo con cuatro ejemplos

Gallina de palo

No tengo duda de lo que quiere esta gallina de palo

Juro que lo intento. De verás. Intento entender la sociedad. De vez en cuando me digo: “Mira cuánto disfrutas el salón de clases y está lleno de personas”. O “Fíjate cómo puedes trabajar en una biblioteca y hasta conocer a los bibliotecarios”. Incluso: “Si hasta te conocen en…” (ni lo digo que terminaría hablando de otro problema que no es el que atañe hoy). Pero no importa lo que haga o deje de hacer me caen a palo limpio. ¿Cuál es la fórmula para entender a la gente?

 

Ejemplo 1

Me asignan una tarea, la empiezo como mejor me parece y alguien comenta insistentemente que debo realizarla de tal otra manera. Tiempo después me asignan otro trabajo parecido y decido, con el propósito de evitar cierto taladreo en los oídos, completarlo como me habían sugerido, a pesar de que mi forma funcionó. Le comento a la persona y me regaña por usar el método que me recomendó anteriormente. O sea, si tengo iniciativa es malo y si no, también.

Ejemplo 2

Me recomendaron ciertas lecturas para mi crecimiento como escritora. Las adquiero porque, de todos modos, me parecieron interesantes. Tiempo después me encuentro con la persona y le agradezco la recomendación. ¿La reacción?: “¿Para qué estás leyendo tanto? Ponte a escribir es lo que tienes que hacer”.

Ejemplo 3

Me hablan muy bien de un lugar. No importa si es una librería, un restaurante, un museo, un país… la especificidad es lo de menos. Un día decido aventurarme y si tengo una buena experiencia intento agradecerle a la persona para recibir como respuesta un “¡A mí no se me ha perdido nada allí!”.

Ejemplo 4

Me presentan una persona y luego de algunas conversaciones amables, un día decido saludar primero y me vira la cara. Si supieran el trabajo emocional que me da iniciar un saludo. En el próximo encuentro decido imitar la actitud previa y me acusan de antipática.

Mis perrijas

Entiendo mejor a Cathy y a Lucy que a la gente

Sinceramente, no sé cómo manejar situaciones como estas. ¿Qué se supone que haga? Por lo general, me quedo callada, no porque me vea más bonita, sino porque no sé qué hacer. Por eso prefiero ser una antipática; prescindir de los amigos. En serio, ¿cómo se puede vivir en una sociedad tan caótica? ¿Cómo los seres humanos hemos llegado tan lejos? Mientras tanto, la incapaz social que parió mi madre recibe un palo si hace algo y otro si no.

Los ejemplos anteriores son de las tantas interacciones sociales que me eluden. Y juro que lo intento. De verdad intento desenmarañar las normas que rigen la sociedad porque estoy cansada de recibir palos. ¿El resultado? Más palos.