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Sobre corto, mediano y largo metrajes.

Broche de oro, de Raúl Marchand Sánchez, director

Carátula dela película Broche de oro.
Broche de oro, de Raúl Marchand Sánchez, dir.

Broche de oro es la más reciente propuesta del cine puertorriqueño. Se trata de una comedia que reúne a dos generaciones de actores y de personajes en una aventura cuya trama no brilla por su originalidad, pero que se deja ver. Tres amigos, Rafael, Anselmo y Pablo se escapan del hogar de ancianos en el que viven con el nieto del primero, Carlos, para visitar las tierras de la familia. En el camino, se rencuentran con viejos y nuevos amigos, surge el amor y el joven participa en una competencia de surf.

Hay cuatro razones poderosísimas para ver la película: los paisajes, la música, la calidad técnica y las actuaciones, en particular, las de Jacobo Morales y Carmen Lydia Velázquez. No obstante, luego de salir de la sala de cine no deja de picar la espina de que no todo es tan dorado como parece. Y es que el tema racial no destaca como uno de los tantos otros aciertos de la película.

Parte de la comicidad de la película radica en la dependencia de los estereotipos (la monja dominante, el guardia inepto, el viejo hipocondriaco), pero también se juega con los estereotipos étnicos y raciales (la francesa hipersexuada, la mulata sabrosona, el negro resentido). Una de las líneas argumentales importantes de la película muestra el rescate de la blanca doncella (bronceada, pero aún así blanca) de las garras del dragón (encarnado en un negro) por un caballero en armadura blanca (bronceado también él y con una tabla de surfear en vez de escudo). Con esta situación se reafirma el refrán de que cada oveja con su pareja: cada cual con el miembro de su raza.

Aún más, tres de los cuatro personajes negros importantes de la película poseen rasgos marcadamente negativos que provocan la risa o justifican la trama como es el caso de la madre castrante, el mama’s boy y el buscapleitos. Solo Wanda se salva, pero se la relega al papel de acompañante de la heroína y consoladora de un igual racial en la escena de la boda.

La excepción más notable la constituye la pareja compuesta por los personajes de Anselmo “Elmo” y Margarita, la única concesión a la regla de cada oveja con su pareja, que aunque refleja más la interacción racial de los puertorriqueños, no está compuesta por personajes principales.

De todos modos, hay que ver y apoyar Broche de oro porque no deja de ser una buena película que intenta llevar el cine puertorriqueño a altos niveles de calidad, porque su comicidad, aparte de descansar en estereotipos, no cae en lo vulgar o chabacano y porque la música y los paisajes son espectaculares.

La tradición perdida del Viernes Santo

Este año decidí hacer lo que todo buen católico debe hacer durante el Viernes Santo: nada. No trabajé, no estudié, no leí, no limpié, ni siquiera cociné gracias al bacalao en escabeche de mi tía.

¿Qué hice durante todo el día? Pues, lo que todo buen católico puertorriqueño debería hacer: ver televisión.

Quería pasar un día catártico, lleno de vidas de santos y pasiones de cuanto Cristo blanco hubiera en la cinematografía mundial. Quería ver aquella película sobre la aparición de la virgen de Fátima o de la monja que abandona el convento y se va a vivir la vida loca mientras una estatua de la virgen ocupa su lugar (así de aburrida debía ser la vida en el convento que nadie se dio cuenta). Quería ver aquella película en la que Cristo siempre se ve de espaldas. Pero, en su lugar, tuve una cantidad de anuncios comerciales que hicieron que Los diez mandamientos se convirtieran en cinco bajo el machete despiadado de un editor.

Sin embargo, no me debo quejar. Pude ver dos pasiones la mar de interesantes. En una, tal parecía que el productor y el director concibieron la película bajo un mal viaje de ácido, sustancia que le hicieron pasar en secreto a los actores. Si no hubiera conocido la historia de antemano, no hubiera entendido nada.

La otra fue Jesus, una producción para televisión realizada en 1999. El elenco estaba compuesto por los grandes de la televisión gringa de aquel momento y Gary Oldman. Aparte de que Jesús se presenta como un humano con todo y los defectos y virtudes (inseguro, iracundo, bromista…), aparece el mejor diablo que he visto. Primero, tiene problemas de identidad sexual, ya que, de primera instancia, se presenta como mujer y, luego, como hombre, para regresar a ser mujer y, después, hombre otra vez. En esto supera por mucho al andrógino, sospechosamente femenino, de La pasión según Mel Gibson.

El Satanás de Jesus es mucho más ambiguo que el Gibson y realmente hace un esfuerzo por tentar a Cristo por medio de un método innovador: mostrarle la verdad de lo que ocurriría tras su muerte.

Hubiera concluido mi Viernes Santo con la pasión según Gibson, con todo y sus personajes femeninos que de pura casualidad parecen más damas católicas medievales que hebreas del año 33, pero mi deseo por una catarsis no llegaba al sadismo. Así que terminé ese día sin haber visto la vida de ningún santo ni ningún llamado, como ocurría antaño, en una tradición que definitivamente se perdió. Pero, al menos, sí cumplí como mi deber católico de hacer nada ese día. Solo espero que la selección filmográfica mejore para el año próximo.

La cartelera de Viernes Santo.
Cartelera de Viernes Santo