Soy hatorreña, ¿y qué?

Amo a Hato ReyQuería desesperadamente comer sushi. Era tanto el deseo que podía saborear cada uno de los ingredientes: el arroz, el alga, el pescado. Era una de esas noches en que el marasmo se había apoderado de mí. Tenía tanto que hacer que no podía hacer nada. Pero el deseo por el sushi había ganado la batalla.

Me monté en el carro y me di cuenta de que no tenía gasolina. Bueno, tanto como no tener, no, pero de que necesitaba echar gasolina, necesitaba. Estaba a punto de desmontarme cuando recordé que debía comprar leche para el desayuno. A mi edad no se puede jugar con los niveles de calcio. Sabía que si regresaba a la casa me encontraría con veinte cosas más por hacer y no quería. Así que, con la poca gasolina que quedaba, debía comer mi sushi y comprar la leche.


Por suerte, vivo en Hato Rey. La gasolinera queda a 5 minutos; a 5 más, el restaurante; y a unos 3, el supermercado. Toda la gestión me tomó dos horas. No porque me quedara sin gasolina a mitad de camino ni porque me encontrara con tremendo tapón. Fue que me requedé en el restaurante.

Me senté en un gran ventanal que da a la Avenida Roosevelt y recordé a Luis Rafael Sánchez cuando criticaba los restaurantes encuevados que no aprovechan la luz del Caribe. Sentarse allí de día debe ser toda una experiencia, pero era de noche y la vista era otra. Por un momento, casi sentí como si estuviera en una ciudad cosmopolita de Hispanoamérica. Podía ver desde mi asiento el ir y venir de los carros y lo único que faltó fue el pasar incesante de peatones.

Fue así que me di cuenta de la ventaja de vivir en Hato Rey. Todo está al alcance y, si hubiera querido, hubiese ido a pie a comerme el sushi y a comprar la leche. Fue en ese instante cuando me di cuenta de que no pude encontrar mejor lugar para vivir y no me quedó otra que admitir que me he convertido en hatorreña y a mucha honra.

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