Atardecer sin palomas

No son ustedes, soy yo

El martes me levanté con la sensación de que algo anda mal. No era la primera vez que lo sentía, pero fue más fuerte que en las veces anteriores. Me di cuenta de que no son ustedes, soy yo la que no está lista para reanudar las clases.

Y lo supe después de publicar la entrada anterior.

Seamos realistas

Antes de continuar, creo que lo que dije en esa entrada todavía aplica. Hay mucha improvisación en este proceso, que ahora entiendo dadas las circunstancias. La falta de electricidad, agua, internet y señal no ayuda nada. Por último, la situación personal de cada estudiante, profesor y empleado afecta la reincorporación a cierto tipo de rutina. Seamos realistas: Las universidades no están listas.

Pero yo tampoco

El problema no es mi competencia profesional. Como profesora ya sé lo qué haré, tengo preparadas algunas estrategias que incluyen consultar constantemente a los estudiantes y vislumbro cambios no solo en la manera de impartir las clases, sino en la de evaluar. Y lo más curioso es que estoy expectante ante este experimento educativo en el que me embarco gracias a las circunstancias.

Mi problema es emocional. No me gustaría decir que se trata de una recaída. Pero llevo arrastrando algo desde diciembre del año pasado y lo peor es que no sé qué es. Lo que sea se ha revolcado con María, o más bien con su secuela, con estos 50 días sin electricidad, de acostarme tan pronto oscurece, de matar mosquitos, del ficus todavía frente a la casa, de lavar a mano, de sacar escombros, de limpiar, limpiar y limpiar y que sigan apareciendo escombros.

Hay algo mal

La manifestación física más evidente ha sido una pérdida de peso constante desde diciembre pasado. Ningún intento por aumentar ha tenido éxito y los análisis médicos reflejan un excelente estado de salud.

A muchos les ha dado con decirme lo bien que me veo. Yo sé que no es cierto. No se trata de un problema de autoestima, simplemente no me siento bien. Sé que hay algo mal en mi cuerpo y lo peor es que ningún médico ha podido dar con el problema.

La otra manifestación evidente es una tos seca que me ha acompañado desde junio. Fui al médico, seguí sus instrucciones, sané por una semana y la tos regresó como si nada. Ni siquiera tratando de replicar el tratamiento se me ha quitado y los polvos del Sahara y las emanaciones de las plantas eléctricas de los vecinos han abonado a que continúe la tos.

Mis vecinos pelearon

Los vecinos de atrás, que de noche tienen la cortesía de apagar la planta, lo cual les agradezco en el alma, pelearon el martes pasado. Es la primera vez que los escucho discutir. No sé cuál fue el detonante ni las palabras exactas a pesar de los gritos: ella le recriminó por algo, él se defendió, ella malinterpretó lo que dijo, él insistió en que no fue eso lo que quiso decir, ella se encerró en un cuarto, él quería que le abriera, ella prendió el carro y se fue y él se echó a llorar. Él está pasando por una depresión. Fue de las pocas cosas que escuché con claridad.

En mi casa, la depresiva soy yo y por poco lloro hoy. No por mi vecino, aunque desde el principio de la discusión tenía el pecho apretado. Fue mucho antes y no sé por qué, pero quería llorar. Eso no es normal en mí. Por lo general sé por qué lloro. Por suerte, el ansiolítico no me lo permitió.

El martes pasado no fue un buen día, aun cuando hubo muchos momentos satisfactorios. Desde que desperté, que no es lo mismo que levantarme, tuve la sensación de que algo anda mal. Sé que se trata de más de un “algo”, pero lo más importante es que, en esos momentos, me di cuenta de que soy yo la que no estaba lista para reanudar las clases.

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