No me llames Dolores, llámame Lola

Lola
Lola


Lola apenas estuvo seis días con nosotros. Apareció una noche en la marquesina y así como llegó, se fue.

Su partida no debería ser un hecho trascendente, excepto que lo hizo cuando estaba bajo mi cuidado y no puedo dejar de pensar que quizás ocurrió porque no me quería o porque se dio cuenta de mi reticencia a cuidar un perro.

Sea como sea, Lola se fue y a veces me pregunto qué será de ella. Quizás lo suyo no era la domesticidad, sino la vida loca de su homónima de Barcelona.

 


Quizás extraña todos los beneficios que ahora disfruta Cathy. Pero esa es otra historia.

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