La tradición perdida del Viernes Santo

Este año decidí hacer lo que todo buen católico debe hacer durante el Viernes Santo: nada. No trabajé, no estudié, no leí, no limpié, ni siquiera cociné gracias al bacalao en escabeche de mi tía.

¿Qué hice durante todo el día? Pues, lo que todo buen católico puertorriqueño debería hacer: ver televisión.

Quería pasar un día catártico, lleno de vidas de santos y pasiones de cuanto Cristo blanco hubiera en la cinematografía mundial. Quería ver aquella película sobre la aparición de la virgen de Fátima o de la monja que abandona el convento y se va a vivir la vida loca mientras una estatua de la virgen ocupa su lugar (así de aburrida debía ser la vida en el convento que nadie se dio cuenta). Quería ver aquella película en la que Cristo siempre se ve de espaldas. Pero, en su lugar, tuve una cantidad de anuncios comerciales que hicieron que Los diez mandamientos se convirtieran en cinco bajo el machete despiadado de un editor.

Sin embargo, no me debo quejar. Pude ver dos pasiones la mar de interesantes. En una, tal parecía que el productor y el director concibieron la película bajo un mal viaje de ácido, sustancia que le hicieron pasar en secreto a los actores. Si no hubiera conocido la historia de antemano, no hubiera entendido nada.

La otra fue Jesus, una producción para televisión realizada en 1999. El elenco estaba compuesto por los grandes de la televisión gringa de aquel momento y Gary Oldman. Aparte de que Jesús se presenta como un humano con todo y los defectos y virtudes (inseguro, iracundo, bromista…), aparece el mejor diablo que he visto. Primero, tiene problemas de identidad sexual, ya que, de primera instancia, se presenta como mujer y, luego, como hombre, para regresar a ser mujer y, después, hombre otra vez. En esto supera por mucho al andrógino, sospechosamente femenino, de La pasión según Mel Gibson.

El Satanás de Jesus es mucho más ambiguo que el Gibson y realmente hace un esfuerzo por tentar a Cristo por medio de un método innovador: mostrarle la verdad de lo que ocurriría tras su muerte.

Hubiera concluido mi Viernes Santo con la pasión según Gibson, con todo y sus personajes femeninos que de pura casualidad parecen más damas católicas medievales que hebreas del año 33, pero mi deseo por una catarsis no llegaba al sadismo. Así que terminé ese día sin haber visto la vida de ningún santo ni ningún llamado, como ocurría antaño, en una tradición que definitivamente se perdió. Pero, al menos, sí cumplí como mi deber católico de hacer nada ese día. Solo espero que la selección filmográfica mejore para el año próximo.

La cartelera de Viernes Santo.
Cartelera de Viernes Santo

 

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