El amor entra según el color del cristal

Two women seated on bench, interior
Cortesía de la George Eastman House,
International Museum of Photography and Film

[CUENTO]

La sortija quemaba el bolsillo del pantalón de Carlos. Él subía de dos en dos las escaleras, desesperado por llegar rápido a donde Patricia y pedirle que se casaran. No iba a dejar pasar la oportunidad de vivir el resto de su vida con la mejor cocinera del mundo ahora que la había encontrado.

Se conocieron cuando él llamó a su puerta por equivocación. Iba a visitar a un amigo, vecino de ella, y tocó donde no era. O quizás no. El olor sabroso lo atrajo irremediablemente y cuando la diosa griega le abrió la puerta, supo que había llegado a puerto seguro.

Desde entonces, se presentaba todos los días justo para la cena. Coincidía siempre con la salida al trabajo de Verónica, la compañera de apartamento, una horrible criatura cuyo peso daba fe del abuso al que sometía la comida de Patricia, una ninfa de cabellos dorados y piel sedosa, cuya sonrisa de satisfacción iluminaba el rostro con cada bocado de él.

Pero hoy, por la desesperación, llegó temprano y fue Verónica quien lo recibió.

―Patti se está bañando―, dijo ella con un intento de sonrisa que más bien parecía una mueca.

A Carlos poco le importaba agradarle a este ser que afeaba el mundo de Patricia. A duras penas había cruzado dos palabras con ella antes de ese día y no iría a comenzar en ese momento.

―Ya yo iba saliendo―, continuó Verónica en su soliloquio, ―espero que también te gusté la comida de hoy.

Carlos no pudo evitar sentir cierta molestia con el comentario. Supo que lo dijo de pasada porque no dejaba de entrar y salir de su habitación y de la cocina mientras se preparaba para salir. No lo miraba mientras hablaba. Solo cuando hizo el último comentario justo antes de salir por la puerta.

―La comida ya está lista. El menú de hoy es ensalada de orzo con espinacas y salmón en salsa de tomates. Por favor, dile a Patti que no tiene que apagar nada, solo servir lo de ustedes y dejar mi porción para cuando regrese. Gracias―, dijo mientras esbozaba una breve sonrisa angelical.

Y sin dejar que Carlos dijera algo, dio media vuelta y se marchó. Al mismo tiempo Patricia salió del baño azorada y con los ojos abiertos. Él la miró. Su cabello desteñido y pajoso hacía juego con su delgadez cadavérica y contrastaba con la lozanía y voluptuosidad de Verónica.

En ese momento, la sortija supo a cuál mano pertenecía. Tres meses después Verónica y él se casaron.

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“El amor entra según el color del cristal” by Maite Ramos Oritz is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 International License.

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