Devuélveme los pantis

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Foto cortesía de la Biblioteca Pública de Nueva York

Durante las dizque vacaciones de Semana Santa esperaba ponerme al día con todo lo que tenía atrasado. Por supuesto que no lo logré. Lo que sí hice fue alguna que otra cosa que no estaba planificada como ayudar en una mudanza.

Mudarse es un dolor de cabeza; quizás por eso llevo viviendo en la misma casa casi una década. Así que cuando una pariente me pidió ayuda para su mudanza, me solidaricé en seguida y corrí a su auxilio. Ella había contratado los servicios de una compañía de mudanza para facilitar el trámite. Creo que ese fue el primer error.

Luego de haber acordado un precio y de haber montado los muebles al camión apareció otro precio tres veces mayor. Las escenas dantescas que se suscitaron por las próximas cinco horas fueron propias de una obra de teatro de lo absurdo. No sé cómo, pero terminé absorbiendo el costo de la mudanza (creo que solo quería que todo acabara y que los “mudanceros” se fueran), no sin que antes me propusieran que uno de ellos me acompañase al banco para sacar el dinero. Sí, hasta esos niveles llegó la locura de ese día. A la que le estaban cobrando una mudanza a sobreprecio era a mí y todavía me trataban como ladrona.

Pueden estar tranquilos. No permití que me robaran más de lo mutuamente convenido, así que nadie me acompañó al banco. Bueno, eso pensábamos. Resulta que cuando todos se fueron y mi pariente se preparaba para una ducha restauradora, sus pantis habían desaparecido. Así que la mudanza salió en un ojo de la cara y una docena de pantis. Carísima si me preguntan.

Me sospecho que no llegaré a cumplir la década en mi casa. Supongo que dentro de un periodo que va de tres meses a un año me habré mudado. Después de esta experiencia poco santificada, decidí que no contrataré los servicios de ninguna compañía de mudanza, sino que lo venderé todo, incluso los pantis, así no tendré que llamar a nadie para que me los devuelva.

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