Complejo de Imelda

Recientemente leí en un artículo que los clogs están de moda. No pude aguantarme la risa. ¿Cómo que los prosaicos zuecos, nombre correcto en español, están de moda? Pues llevo casi dos décadas a la moda porque los uso desde que tengo 25 años (estoy segura que desde antes, pero no lo puedo garantizar).

Los tengo de todos los tipos: los tradicionales de madera, de pasta y de plástico. Y por qué tengo tantos, se preguntarán. Es que sufro del complejo de Imelda. En realidad, no debería decir que sufro, porque no sufro. Quien padezca de complejo de Imelda no sufre porque es bastante gratificante eso de comprar zapatos. La satisfacción que se siente luego de una buena adquisición, no debería compararse con el sufrimiento.

Claro, hay una diferencia fundamental entre Imelda y yo: mi presupuesto es mucho más modesto, así que no me queda más remedio que pensarlo muy bien antes de comprarme un par. Eso no impide que tenga cajas y cajas. Las lágrimas se me saltan de la emoción que me da hablar de mis zapatos.

Zuecos de taco alto
Lloro al hablar de estos zapatos


Creo que me desvío del tema. Hablaba de mis zuecos. Como decía, los tengo de todos los tipos. Recuerdo cuando los de plástico, a los que llamaban “crocs” se pusieron de moda, decidí que iría a seguir la moda, pero con los más feos que encontrara, dado que ese modelo en específico me resultaba horroroso. Tanto estuve hasta que los conseguí. Una amiga muy querida me dijo que eran simplemente horribles. Estoy de acuerdo y ese era el propósito.

Zuecos de plástico
Zuecos horribles de plástico


Y esa es una de las características de mi complejo de Imelda: tengo una debilidad por zapatos extraños, únicos en su clase. Por eso, cuando viajo, hago todo lo posible por comprarme un par de zapatos que no haya forma de conseguir por acá. Además si otra gente compra llaveros, camisetas, vasos, tazas o boberías de esas, ¿por qué no comprar zapatos también? Son un recuerdo mucho más útil que la mayoría de los que se compran en los viajes y son un tema de conversación sin igual.

La última que vez que estuve en Túnez me compré un par de alpargatas, estilo de zapato que me encanta y del que he tenido toda la variedad imaginable. En aquel momento pensé que si iba a traer unos zapatos de tan lejos, más vale que dieran de qué hablar. Así fue cómo escogí el modelo que compré que si no dan de qué hablar, dejan a la gente muda.

Alpargatas tunecinas
Mis alpargatas tunecinas


Sin embargo, por motivos de la crisis, hace unos dos años me propuse no comprar más zapatos. Son un vicio que me estaba afectando económicamente y, total, en el diario siempre uso los mismos pares (adivinaron, unos zuecos). Por supuesto, se me ha hecho muy difícil cumplir dicha resolución y las veces que he caído he comprado… zuecos. Pero han sido muy pocos.

Zuecos persuasivos
Estos zuecos me obligaron a comprarlos
aún cuando me propuse no hacerlo


Al final de cuentas, no hay mal que por bien no venga. La necesidad ha hecho que redescubra muchos zapatos de los que no me acordaba. Redescubrirlos ha provocado en mí una sensación muy parecida a la que tuve al comprarlos originalmente. Y sí, he redescubierto uno que otro zueco que no recordaba. Así que eso de “sufrir” de complejo de Imelda tiene sus ventajas, ya que incluso en tiempos de crisis no me falta un buen par de zapatos o de zuecos para estrenar.

Zuecos de madera
Un último par que prueba que tengo zuecos de todo tipo

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