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Conformismo

O no sé conformarme

Fue como cuando mi madre me sugirió que dejara de estudiar Lenguas Modernas porque no soy buena para los idiomas aun cuando aprobaba con A las clases de concentración.


Hay momentos en la vida cuando una sabe que ha perdido la batalla y es preciso la retirada. Hay otros cuando lo mejor es seguir adelante. Como cuando terminé con honores mi bachillerato en Lenguas, consciente de que el próximo paso sería una maestría en Traducción. Lo más sencillo hubiera sido entrar de inmediato a la fuerza laboral y dar por perdida la guerra por el doctorado que siempre fue el objetivo último. Sabía que podía y continué. Hoy soy doctora.

También sé que hay algo más después de un simple título.


El consejo fue sencillo, en la línea de “Aprende a conformarte” o de “Ya llegaste adónde ibas a llegar” o de “No busque más”.


Vivo en medio de una crisis provocada por aquellos que me dijeron que si estudiaba y me esforzaba tendría éxito en la vida y lograría la seguridad económica que ellos se aseguraron para sí. Yo soy miembro de la Generación X; ellos son Baby-boomers.

Me engañaron.

Estudié y me esforcé, y no sirvió de nada.

Puede que ella tuviera razón en sugerirme no continuar una carrera incierta o en decirme, como luego hizo, que posiblemente no lograría entrar a ninguna escuela graduada (y resulta que entré a dos). Es posible que si le hubiera hecho caso, habría desistido de seguir estudios graduados y tendría un trabajo estable, con pensión asegurada y estabilidad económica, no como hoy día que nada es seguro.

Pero también me estaría preguntando todos los días si lo hubiera logrado, si hubiera conseguido el doctorado.

A mí me eligió una profesión escindida entre la enseñanza y la investigación. Digo que me eligió porque comencé a enseñar de casualidad, no estaba en mis planes. Y me gusta mucho. El salón de clases es uno de los lugares donde más disfruto estar. Los estudiantes se han convertido en una valiosa fuente de aprendizaje.

Pero también me apasiona la investigación.

Y sé que soy buena en ambos. No seré la mejor, pero soy buena.

Ya soy profesora; ahora aspiro a ser investigadora, a convertirme en una scholar, y me ha surgido la oportunidad.

También aspiro a convertirme en escritora. Soy consciente de que llegué tarde a ese juego y no es mucho lo que lograré. Pero fue un sueño que abandoné, que ahora retomo y del que no pienso quitarme así nada más. Estoy harta de abandonar sueños porque se supone que no son para mí.


Nada de esto significa que espero transformarme en una superestrella conocida internacionalmente. Tampoco aspiro a conquistar el mundo como Cerebro. Para nada. Solo quiero que cuando mis pares vean mi nombre en una publicación sepan que es producto de un trabajo serio y profesional.

Quiero destacarme como profesora, como investigadora y quién sabe si hasta como escritora.


Me dijeron que ya había alcanzado suficiente y que redirigiera a la enseñanza los esfuerzos dedicados a cualquier otro proyecto. Otros serán los investigadores, otros serán los escritores. Yo debo aprender a conformarme, no debo pretender ir más allá de lo que me corresponde, es decir, debo aceptar mi destino de profesora anónima. Supongo que es mi deber, entonces, dejar pasar las oportunidades que se me presenten.


Mi madre, una Baby-boomer, reflejó en mí todas sus inseguridades. No la culpo. ¿Por qué habría de esperar algo de una hija pusilánime y poca cosa que carece del carisma de las otras dos? ¿Por qué habría de pensar que llegaría a algo si tomo con demasiada calma las cosas que me importan?

Menos mal que no le hice caso.

Ahora pregunto: ¿Ya alcancé lo suficiente? ¿Debo aprender a conformarme? ¿Debo dejar pasar la oportunidad?

La intención detrás del consejo fue buena, pero mi respuesta es no, no voy a retirarme cuando aún no ha empezado la batalla.

Quería ser narradora

Pero resulta que solo soy microcuentista

Me gusta la microficción, no lo voy a negar, pero no es eso lo que quiero escribir todo el tiempo. Sin embargo, me siento encajonada: para todos soy microcuentista, buena en las narraciones cortas en extremo, pésima en las largas. Quería que me consideraran narradora, escritora de todo tipo de relato, sin importar la extensión, pero hasta ahora no he logrado que se dé así y ha sido mi error por presentarme en certámenes con cuentos en versión mini. No me imagino escribiendo microficción el resto de la vida cuando hay tanto que decir en pocas y en muchas palabras. Por lo pronto, lo seguiré intentando hasta que algún día dejen de pensar en mí como la microcuentista y me consideren una narradora.

Nada nuevo bajo el sol

© 2014 Maite Ramos Ortiz | http://elucubrando.com

Elucubraciones acerca de la originalidad

Habría que vivir más enajenado de lo que me gusta pasar la vida para no darse cuenta de que no es posible la originalidad en la literatura o en cualquier tipo de arte.

Como aspirante a escritora he pensado mucho sobre este asunto. ¿Qué posibilidades hay de que escriba una obra original? Ninguna. Todo está escrito, lo que haría sería repetir lo que otra persona ya ha dicho y de seguro mejor que yo. Entonces, ¿para qué escribir? Para jugar un poco con la intertextualidad; para homenajear o refutar a alguien; por puro entretenimiento; para ver qué puedo hacer con lo que otros han hecho.

Carezco de esta visión mesiánica de mi escritura que he presenciado en otros escritores, así que no me es posible considerar siquiera que lo que escribo tenga una pizca de originalidad. De este modo, no me preocupo si alguien me dice que tomé esto de aquí o de allá o si lo mío es una refundición de otro texto. Pues sí, lo es ¿y qué?

Eres lo que lees

Fotografía “Reading a book”, de Arend Vermazeren, a través de Flickr | https://flic.kr/p/hoMFSS

Elucubraciones sobre la relación del lector con la lectura

A Julio Cortázar le gustaba el lector activo, aquel que cuestionara, alterara y reescribiera la obra literaria. Sin embargo, somos los propios lectores los que saboteamos este proceso dinámico de lectura. Así como hay quienes parten de la premisa de que la obra es reflejo de su creador, hay quienes presuponen que el lector funciona como ente pasivo que acepta sin cuestionar lo leído y, por extensión, cree lo mismo que el autor, piensa como él y le acepta cualquier planteamiento o conducta.

Esto implica no darle crédito al lector. Supongo que habrá lectores que simplemente consumen sin analizar lo que lean y habrá quien también sea incapaz de diferenciar entre realidad y ficción. Sin embargo, sospecho que la mayoría piensa y cuestiona, sabe marcar la diferencia entre lo que lee y lo que vive y puede juzgar la obra en sus méritos y sus desaciertos y al creador como un ente independiente con virtudes y defectos

Es cierto que lo que el lector lee pasa a formar parte de lo que es, pero no lo determina. Así que juzgar a alguien por lo que lee me parece una inutilidad.

Asco de persona = mal escritor

Fotografía de Lode Van de Velde, a través de Pixabay | http://bit.ly/1vWjirD

La lógica es la siguiente:

Si Fulano es escritor y también es un asco de persona, entonces Fulano es un mal escritor.

La costumbre de hacer estudios literarios de tipo vida y obra me parece cuestionable. Creo que los textos de un escritor no son un reflejo de su vida, así como los hijos no son reflejos de sus padres. Opino que pensar lo contrario parte de la premisa de que un escritor carece de imaginación o es tan egocéntrico que solo puede escribir sobre sí (sobre el egocentrismo de los escritores se pueden llenar miles de páginas, pero ese no es el objeto de la presente). Del mismo modo, me parece un error asignarle valor a una obra literaria, usando como criterio la biografía de su autor. Es decir:

-Mengano es un asesino = su obra es mala.

-Perenceja es narcómana = su obra carece de valor.

Si fuera así, solo los textos producidos por personas con una moralidad intachable tendrían algún valor, pero esas personas no existen. Repito: no existen personas moralmente intachables. Todos cometemos errores, todos somos imperfectos.

Woody Allen resulta el ejemplo perfecto. Podemos estar de acuerdo en que es un asco de persona, ¿eso invalida su obra artística? Podemos debatirlo ad infinitum, pero su legado artístico es incuestionable y de seguro superará la prueba del tiempo. Como él, hay muchos ejemplos.

¿Quiero decir que si un escritor comete una infacción legal, no se le debe castigar? Si cometió el crimen, ¡qué pague por él! Francisco Ayala establece que todo lo que rodea al escritor, incluyéndose a sí mismo, al momento de producir la obra se incorpora a ella, pero que esta se desprende de él cuando se publica y que incluso podría superar al autor. Eso se parece mucho a los padres y sus hijos quienes están hechos del mismo material genético, pero que en el parto ocurre una separación que debe independizar a los hijos de los padres. Lo que quiero decir es que si el escritor es bueno y produce textos de calidad artística, su biografía pasará a un segundo plano y hasta puede que eventualmente se olvide su nombre porque la obra habrá adquirido vida propia, lo que la hará susceptible a múltiples interpretaciones. Ejemplos de más hay en la literatura universal. También hay millones de ejemplos de personas decentes que son pésimos escritores y cuya obra se escurre en los intersticios del tiempo.

Todo esto es para decir que ser un asco de persona no equivale a ser un mal escritor. La biografía de un autor, por terrible que sea, no deber verse como criterio para validar su obra.