Casi ganadora, o la culpa es del tío Nobel

Pared con autorretrato, con el efecto "Art exhibition on the wall" de LoonaPixDe niña, veía el programa del tío Nobel. Él tenía una forma muy particular de elevar la autoestima de la grey infantil: no había perdedores, sino casi ganadores. Las intenciones eran muy buenas; las consecuencias desastrosas. No hay nada peor que ser casi ganadora. Lo sé por experiencia.

Por lo menos, cuando se es un perdedor, todo el mundo lo reconoce y no hay nada más que hacer. Lo mismo ocurre con el ganador, que se reconoce enseguida porque nadie alberga dudas sobre su valía. Sin embargo, ser un casi ganador es horrible porque ni se es perdedor ni ganador, o sea, se es muy bueno para perder, pero muy malo para ganar.

Soy una casi ganadora. Tuve que vivir el 2016, un año de altas y bajas, para darme cuenta. No soy perdedora, no soy ganadora, soy casi ganadora. Demasiado buena para ser perdedora, demasiado mala para ser ganadora. Justo el mismo medio.

En retrospectiva, los ejemplos abundan a lo largo de mi vida. Me gradué de la escuela superior con medalla de honor. La de alto honor le correspondió a una estudiante que solo asistió al colegio durante el último año. Resulté ser muy buena como para no obtener medallas, pero muy mala para el más alto de los honores, que le tocó a un agente externo.

Tuve la dicha de graduarme cum laude de mi bachillerato. Demasiado buena para graduarme como la mayoría de mis compañeros, pero no tanto como para ser magna o summa cum laude.

¿Me gané una beca especial? Solo me dieron la mitad (juro que no bromeo). ¿Obtengo un premio en cualquier certamen literario? Es una mención. ¿Logré el trabajo perfecto? O ni siquiera lo empiezo o cierran la plaza o la oficina a los pocos meses (hay uno que todavía lloro).

Soy casi ganadora en los proyectos que inicio: traducción, fotografía, escritura, belly dance, blogueo, dibujo y pintura, atletismo, cocina, educación superior, edición y otros que a nadie incumben. No hablo de los pocos que me salen bien, para no salarlos.

¿Por qué hablo de esto? El 2016 fue un mal año y, como todos, quería que se acabara. No obstante, las malas noticias llegaron acompañadas de igual cantidad de buenas nuevas. Fue así cómo descubrí que soy una casi ganadora. Solo puedo concluir que el tío Nobel dañó mi vida: me dio la esperanza de no ser una perdedora, pero me condenó a nunca ganar.

P.D.: Por si se pregunta, asistí a la grabación del programa del tío Nobel en una gira de la escuela. No recuerdo si fui una de las dos alumnas seleccionas para elegir quién ocuparía el puesto de copilota. Pero no importa, porque, de haber sido una, terminé siendo la casi ganadora.

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